Diario de una desconectada

📷 Azamat Zhanisov

JULIETA CORREA

Son las dos de la mañana y es martes. Estoy en la cama con la luz apagada. Hace por lo menos una hora que miro la pantalla del celular. Lo mismo hice el día anterior, lo mismo haré miércoles, jueves, la semana que viene. No miro nada en especial, voy de Instagram a Twitter, a Facebook, al mail y a Whatsapp.

Para el momento en que termino la ronda (aun cuando me lleve en total 20 segundos) ya hay actualizaciones en casi todas las plataformas, así que vuelvo a empezar. Este ciclo, que cualquiera puede reconocer, puede durar horas y ocurrir en cualquier parte. Debe terminar para mí.

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📷 Ti Nguyen

Hace 49 días y algunas horas que no entro a ninguno de mis perfiles en las redes sociales. Esa es la medida de mi valentía. No entro a las plataformas ni para buscar una dirección. No sé qué contestaron a mi mensaje de despedida. Como con la mayoría de las separaciones dolorosas, recuerdo cada detalle.

Fue el miércoles 12 de septiembre a la vuelta del gimnasio. Estaba tranquila y entusiasmada con la decisión pero me di cuenta de que muchos conocidos no iban a saber qué había pasado e iba a perder contacto. Me dijeron: para qué vas a avisar si en una semana estás de vuelta, pero también me dijeron que avisara, así me daba más vergüenza volver a los tres días.

Estoy bien, gracias. Pero, ¿y si todo empeora?, ¿y si tengo una recaída?, ¿y si nadie se entera de que me fui? Algunos argentinos miran el celular 200 veces por día. Tengo la sensación de que duplico ese número. Siempre me gustaron las redes, me hacen reír, me estimulan, me sirven, me entretienen. Escalé una montaña alucinante por algo que vi de casualidad en Facebook y tengo un grupo de amigas nuevas muy queridas que conocí gracias a un tuit.

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📷 Gerardo Marrufo

Pero pasaron cosas. Lo que empezó como una leve sospecha o intuición de que tenía que irme fue ganando fuerza hasta volverse una manía, una urgencia, un “no podemos seguir ni un minuto más”.

La primera: sorpresa, el tiempo es finito. Vi lo uniforme que se estaba volviendo mi día regido por el celular. Era lo mismo caminar por la calle que estar en el trabajo, el sábado a la noche que el miércoles al mediodía.

¿Para qué esperar el fin de semana si voy a estar mirando video recetas de un minuto o frases ingeniosas en Twitter. ¿Cuándo se supone que voy a hacer las cosas que quiero? ¿Cuándo creo que voy a escribir, correr, dormir, mirar al techo, ver a mis amigos?

Dejar las redes ya es, como todo, una tendencia. Hay libros con instrucciones para hacerlo, famosos que cerraron sus perfiles, una tribu urbana (“los desconectados”), centros de rehabilitación. Es un deseo que parece compartir la mayoría de las personas con las que hablo. Es también un trabajo a tiempo completo.

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📷 Gerardo Marrufo

La mayoría de las cosas que consumo están ahí así que me tengo que obligar y tengo que tener cuidado para evitar recaídas. Mis amigos están advertidos y me ayudan. En este tiempo me dedicaron una selección de memes por mail, mensajes de aliento, sonrisas irónicas, fotos de hijos por mail, noticias de actualidad, capturas de pantalla.

Me costó enterarme de cosas que están pasando en el país (¡y qué difícil seguir el fútbol sin Twitter!) o les están pasando a mis amigas, me perdí cosas relevantes de trabajo, me costó encontrar una dirección a la que tenía que ir.

A mí, que era una stalker profesional, me costó encontrar al chico que le había gustado a una amiga en una fiesta. Con la buena voluntad de amigos y compañeros de trabajo puedo sortear esas dificultades. Bajó mi ansiedad, leí mucho más, estoy durmiendo mejor. Sobreviví.

El problema es que me cuesta soltar, sigo pendiente de las notificaciones. Y hay más: tengo tendinitis, o eso me dijo Google cuando le pregunté por el dolor que siento en la mano derecha. Dejo las redes sociales para estar más calmada, me da tendinitis, mi cuerpo tiene un gran sentido del humor.

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📷 Esther Tuttle

Hice todo ese esfuerzo, ¿mi vida no iba a mejorar dramáticamente? Para no tener una recaída me recomiendan volver al mundo material. Hacer ejercicio, aprender a coser, a cocinar, hacer meditación, estar al aire libre.

Una opción que estuve investigando es la de dejar el celular. No para siempre (no sobreviviría), ni durante el día (no sobreviviría mi contrato laboral), pero sí siguiendo alguna estrategia. No hacen falta estudios que digan que las personas que no tienen el celular a la vista están más calmadas y son más productivas.

Es un ejercicio que se puede hacer en cualquier momento del día. Guardar el celular después de las 21, cuando estoy en mi casa, no llevarlo cuando voy a comprar algo, apagarlo durante reuniones con amigos. Suena bien. Menos radical, más práctico, ¿más efectivo?

Me pregunto si no es una idea que se me ocurrió para volver a conectarme.

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📷 Mariana Vusiatytska