El día que borré mi Facebook

📷 Cody Davis

MICHAEL MCLOUGHLIN

Pido perdón. Para empezar. Para que luego me digan que no se me da bien. No me disculpo porque me vaya a arrepentir de nada de lo que vaya a decir. Tampoco creo que nada de lo que escriba sea un dedazo en la llaga de nadie. Mi petición de clemencia anticipada va por los cumpleaños que voy a olvidar a partir de hoy. Después de una década, me he borrado Facebook. Nada de suspender la cuenta. La he borrado definitivamente. Y no pienso volver.

El pasado lunes coloqué un mensaje de despedida. Dejaba ahí mis coordenadas de Instagram o Twitter. Quien quiera encontrarme podrá hacerlo. Lo hice sin demasiado aquel. No esperaba que interesase mucho el ‘post’. Efectivamente. Un par de privados, un puñado de ‘likes’ y reacciones y un pequeño rosario de comentarios que terminaba con un ‘Paca, bájate del escenario’ de uno de los ‘trolls’ que tengo como contacto y como amigo en el mundo real.

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📷 Vincent Giersch

La más alertada, mi madre. Algo sintomático, sin lugar a dudas. Me entraron un par de mensajes en WhatsApp en los que la mujer venía a decirme que cómo me voy sin avisarla, que esto clama al cielo. También me preguntó si ella “tenía que hacer lo mismo”. “Da igual, ya nos vemos en Instagram”, zanjaba tras cinco minutos. Alma de ‘influencer’ a sus 66 años. Qué hubiese sido de Dulceida y Paula Echevarría si le hubiese pillado esto del ‘social media’ con 40 años menos.

Pero no nos enredemos en las dotes de mi progenitora como ‘community manager’. Mi mutis (posmoderno) por el foro ha sido simplemente porque se me ha acabado la paciencia. Es cierto que mi cuenta estaba en un ostracismo operativo casi total desde hace tiempo. Lo tenía para aniversarios y eventos. También colgaba algún que otro enlace puntual de algo que publicaba (por eso del ‘autobombo’) y para seguir hablando con el amigo rarito de turno que prefiere Facebook Messenger. Nada más. Sin embargo, en las últimas semanas he recibido más sugerencias de ‘amistad’ que en muchos meses anteriores. Las comillas simples no son casuales. Me encontré que al algoritmo de Mark Zuckerberg se le había ocurrido la brillante idea de recomendar perfiles que había borrado dos y tres años antes. Esa fue la gota definitiva.

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📷 Mikita Amialkovic

Pero el vaso se había llenado mucho antes. Soy consciente de que tras los últimos escándalos, la mayor red social del mundo -una suerte de imperio digital donde nunca se pone el sol- no anda en sus días de máximo esplendor. Personalmente tengo la sensación de que intentan tejer más ‘relaciones’, empujar a que la gente vuelva a emplear más tiempo en sus dominios. Pero el remedio, al menos en mi caso, no es sugerirme gente ‘eliminada’, con la que he coincidido tres veces en un mismo lugar o con la que he hablado dos veces por WhatsApp en mi vida por temas profesionales.

Este último aspecto es la enésima prueba de que Mark incumplió una de sus grandes promesas. La de no poner los datos del popular servicio de mensajería al servicio de la gran ‘F’. Algo que se sospechaba casi desde el principio pero que con el paso de los años ha quedado comprobado hasta la saciedad. Ahora también ha trascendido que compartirá la ubicación de los usuarios de Instagram. Intenté escarbar un poco en las condiciones de uso de los tres servicios. Aquello sigue siendo un ‘zafarrancho’. Lo único que saqué en claro… fue nada. No he sido capaz de saber cuándo acaban y cuándo no mis datos en manos de terceros. Daba todo mucha confianza, sí. Tanta como para meter en casa el aparato con pantalla, ‘Portal’, que la red social se ha sacado de la manga para hacer vídeollamadas desde la cocina o el salón.

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📷 Daniel Von Appen

Siempre he sido más o menos coherente con el manido dicho de ‘si algo es gratis en Internet es que el producto eres tú’. Pero Facebook parece anclada en un bucle de desidia, imprudencias y torpezas. Apenas seis meses después de la tormenta perfecta de ‘Cambridge Analitica’, el 28 de septiembre saltaba la noticia: los datos de otros 50 millones de usuarios habían sido expuestos.

Algunos me han puesto el ejemplo de que Mountain View han echado la persiana a Google+ (un proceso que se dilatará durante diez meses) después de la fuga de información personal en medio millón de cuentas, un agujero que debían arrastrar de 2015. No comparemos carpas con sardinas. Obviamente, Google + no es a Google lo que Facebook es a Facebook. Es más, estos días me he imaginado la siguiente escena en el cuartel general de la compañía en San Francisco:

– Oye… ¿quién llevaba esto del servicio que se parecía a Facebook sin ser Facebook?

– Yo. ¿Por?

– Pues desenchúfalo, que nos está dando ya problemas.

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📷 Remi Muller

Querido Mark, probablemente tienes más culpa de que lo piensas. No por no ser el fiel guardián de mi información que nunca esperé que fueses. Sino porque has decretado una especie de canibalismo con los cambios de tus propias plataformas. Has añadido mensajeria privada, vídeos largos o historias en Instagram. Por si fuera poco, has metido estados en vídeo en WhatsApp. ¿Para qué me sirve entonces Facebook? Una pregunta que me he hecho varias veces. Especialmente, viendo el muro que te se te muestra nada más iniciar sesión.

No sé con certeza lo que me voy a encontrar. Hay veces que he dado con algo interesante. Eso sí, rodeado de un buen puñado de ‘fake news’, exaltados políticos de un lado y de otro y una buena ración de magufadas. Y para eso ya me quedo con Twitter, la verdad, donde tengo mejores posibilidades de controlar el flujo de noticias que me interesan.

Pero basta de echar fango hacia fuera. Voy a entonar el ‘mea culpa’. Quizás sea yo mismo el máximo responsable. En el pasado descuidé mucho mi perfil. No por lo que publicaba o dejaba de publicar. Regalaba ‘likes’ a páginas y empresas sin ser consciente de todo lo que ello suponía. Agregaba sin ton ni son, sin hacer distinciones entre amigos y conocidos. Cuando publicaba tampoco me preocupa en exceso de modificar ningún parámetro. Por defecto estaba bien. No me había molestado tampoco por el tema de la ubicación o de los ‘amigos cerca’. Jamás.

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📷 Iker Urteaga

Básicamente le di la mano pero encima puse el brazo en bandeja. Cuando quise ponerle remedio y entré a la configuración, me encontré con el ‘siniestro total’. Es como cuando uno se da un buen mamporrazo con el coche, lo lleva al taller y oye eso de que tiene arreglo pero con lo que le va a costar mejor mandarlo al desguace y olvidarse del tema. No tenía por donde meter mano para arreglar ese desaguisado.

Antes de afrontar la ‘burocracia digital’ para borrar mi cuenta, decidí hacer una copia de lo que había sido mi paso por Facebook, una recomendación de la plataforma, que da 30 días para arrepentirse antes de eliminar por completo tu usuario.

Fueron cerca de una veintena de carpetas. Ahí pude comprobar que mis inicios en la red social fueron más turbios que los de Pedro Sánchez en Twitter y me encontré con un repositorio de fotos que creía eliminadas y olvidadas de cuando la báscula me marcaba 40 kilos más. Pero eso pasó a ser anecdótico cuando me encontré las IP, ubicaciones desde las que me conecté y otros datos sensibles como inicios y cierres de sesión desde hace más de año y medio. Esos 189 megas de documentos HTML eran la mejor despedida que me podían brindar para saber que la salida era la mejor camino.

*Texto original publicado en El confidencial.

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📷 Sweet Ice Cream Photography