La cultura del cansancio

HÉCTOR G. BARNÉS

Descansa”. He comenzado a anotar en una lista mental cada vez que alguien –amigo, compañero, familiar– se despide con este verbo imperativo.“Descansa”. Yo tengo mi propia alternativa, un tanto más hedonista: “Pásalo bien”. O “disfruta”. Incluso “cuídate”. No me había dado cuenta hasta hace poco, pero es una toma de posición inconsciente, como una forma de recordarme a mí y a los demás que en la vida hay algo más que el trabajo. Sin embargo, entiendo que hay algo en ese “descansa” que suena cercano, cariñoso, empático, como un guiño confidente entre el que lo pronuncia y el que lo escucha. La clase de intimidad que genera saber que ambos –tú y yo– estamos cansados. Porque esa es la realidad: todos estamos agotados. Y además, cansados de estar siempre agotados.

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📷 Kelly Jean

Al final de cada día, millones de cuerpos son arrojados al sofá de casa, a reponerse de la fatiga con la serie de turno, el partido del día, la cabezadita de las 10 de la noche. Una nación de zombies anestesiados por la noche, meros supervivientes durante el día, intentando no ahogarnos, como náufragos en mitad del mar de la multitarea. Y, quizá, soñando con unas vacaciones. Hemos llegado al punto en el que deseamos que llegue el fin de semana para, por fin, no hacer nada. Triste paradoja, en cuanto que es el momento en el que, pudiendo dedicar nuestro tiempo a lo que nos gusta, decidimos hibernar ante la llegada de una nueva oleada de estrés.

Pero ¿de dónde proviene esa fatiga perenne, que ni siquiera desaparece descansando? Podría aducirse que se debe al estrés cotidiano, a la gran cantidad de actividades que empaquetamos en nuestra agenda, tanto laborales como expansivas. Sin embargo, todos conocemos a gente que se pasa el día haciendo cosas y no se cansa, mientras que nosotros estamos fatigados antes de salir de la cama. Suelen pertenecer a otras generaciones, e identificamos su energía con una mezcla de abnegación y fuerza sobrenatural (“estaban hechos de otra pasta”). Pero ¿y si precisamente estamos cansados por haber emprendido un viaje infinito hacia el El Dorado inalcanzable de la conciliación? ¿No será esa autoconciencia lo que nos hace tan duro enfrentarnos a ser nosotros mismos un día más?

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📷 Pierre Chatel Innocenti

Es posible que haya en la raíz de este agobio algo más profundo que lo meramente físico, que siempre está íntimamente relacionado con lo psicológico y lo emocional. Quizá de lo que estemos cansados es de la gran cantidad de estímulos a los que nos vemos obligados a reaccionar, de las opiniones que tenemos que formarnos tras cada polémica, del móvil que nunca deja de vibrar en nuestro bolsillo. En otras palabras, me deja mucho más para el arrastre hacer un ‘scroll’ por todo mi ‘timeline’ de Twitter, por las nuevas publicaciones de Facebook o por la portada de El Confidencial que salir a dar un paseo de dos horas. No digamos Instagram, donde todo el mundo es más listo, más guapo y más interesante que yo.

Es la versión del siglo XXI de La Náusea de Sartre, con menos existencialismo y más memes. Si aquella sensación surgía ante el descubrimiento de la futilidad de la vida, su nueva versión emerge al compararnos con los demás. ¡Nuestra vida es inútil y sin sentido pero la de los demás es de puta madre! ¡Mira qué cenita con vinito se está metiendo entre pecho y espalda! ¡Mira qué departamento más chulo! ¡Mira qué reportajazo se acaba de currar! Así que corremos para estar siempre parados. La centralidad del trabajo probablemente tenga mucho que ver con ello: o te dejas la piel trabajando hasta no poder más, o sientes la culpa por no haberlo hecho. No se puede ganar. Pero como decía el protagonista sartriano Antoine Roquentin, “cuando uno vive, no sucede nada”. El hecho de que ocurran cosas continuamente quizá es el signo más claro de que nunca pasa nada.

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📷 David Sjunnesson

El otro día, Barnes & Nobles reconocía que se había producido un ‘boom’ editorial de los libros de autoayuda sobre ansiedad. Quizá este mal que asola a la generación ‘millennial’ no sea exactamente lo mismo que el cansancio, pero se le parece mucho como anulador de la voluntad. Lo que está claro es que cada vez más necesitamos respuestas a esa fatiga que entendemos de origen físico y mental y que tan solo lo es en parte. Quizá sea, sobre todo, moral. Hace no tanto, la gente podía contentarse con ser. Ahora debemos ser nosotros mismos y de forma muy intensa, grandes “yo” que vender en redes sociales, siempre dispuestos a desarrollar una nueva actualización.

Así, nos lanzamos a buscar. Y descubrimos que si cambiamos nuestra alimentación y tomamos menos azúcar y carbohidratos, nos sentiremos mejor. Pero aun así seguimos cansados, y pensamos que si dejamos el alcohol y nos apuntamos al gimnasio nos encontraremos mejor. Pero eso sigue siendo insatisfactorio, así que subimos una foto a Internet para recibir un empujoncito de autoestima. Nos sirve durante un rato, pero al final, descubrimos que nos hemos vuelto a cansar, esta vez de entrar en la aplicación una y otra vez para comprobar si tenemos más ‘likes’. Así que nos compramos un libro, nos apuntamos a un curso y seguimos camino en busca de la piedra filosofal que nos dé, por fin, la respuesta a por qué tu abuela se pasaba el día cuidando de cinco hijos y estaba tan pancha y a ti te duelen los huesos antes de salir de casa.

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📷 Toa Heftiba

Ante este problema, se está generando una interesante reacción. El otro día, un artículo publicado en ‘Mel Magazine‘ utilizaba el nuevo tatuaje del cantante Post Malone –las palabras ‘siempre cansado’ debajo de las bolsas de sus ojos– como excusa para realizar una lectura sobre la nueva cultura del cansancio, que se traduce en la continua queja irónica en las redes sociales. Ya saben, el clásico ‘haber si me muero’ (sic). Como recuerda el autor, es un reflejo de “una certeza de que nunca podemos alcanzar una versión equilibrada de nosotros mismos”. Frente a la maratón infinita por alcanzar esa versión sana, bien alimentada, relajada y feliz, esta visión sarcástica reconoce que es una conquista imposible. Y que, por lo menos, siempre nos podemos quejar juntos. Desde luego, una visión más estoicamente sana.

Lo hacemos al lado de la máquina del café, lo hacemos cuando coincidimos con un compañero en el ascensor, lo hacemos cuando no tenemos nada mejor de lo que hablar: el “puf, qué coñazo” ha sustituido al “qué mal día hace, ¿verdad?”. La fatiga perpetua y la meteorología tienen en común esa supuesta inevitabilidad, pero siempre sirven para tener algo de lo que hablar y que, de esa forma, deje de ser una tragedia y pase a ser un problema coyuntural. Es la mejor venganza contra la industria del bienestar y del capitalismo afectivo: en lugar de machacarnos persiguiendo falsas promesas, buscar el placer en permitirnos estar inactivos, aburridos. Quizá nuestros abuelos sí estaban cansados, pero no eran tan conscientes de ello. O quizá no tenían que descansar de ser ellos mismos, lo más fatigoso que existe en esta vida.

*Artículo publicado originalmente en El Confidencial.

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📷 Jacalyn Beales