La arquitectura del fanatismo

📷 Robert Grammer

ANA LUCÍA VELASCO

Hay ciertas coyunturas que son tan profundamente difíciles de navegar, que se convierten en un laberinto del que parece cada vez más imposible salir. Últimamente el debate público parece eso: una trampa.

Y es que si pudiéramos dibujar el plano del laberinto en el que nos metemos cuando debatimos temas difíciles, podríamos quizás salir de él con mayor facilidad, pero esto parece imposible ¿Lo es?.

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📷 Ian Battaglia

En verdad, sí se puede descifrar la arquitectura del laberinto, esta es, la arquitectura del fanatismo. El primer trazo de nuestro plano debe ser el de nuestro cerebro: debemos animarnos a aceptar que nuestro cerebro es primordialmente emocional, y después, racional. La naturaleza emocional de nuestro cerebro tiene milenios de ventaja en términos de desarrollo y evolución, frente al lado racional de nuestro cerebro.  El afamado doctor Daniel López Rosetti lo dice muy bien: no somos seres racionales, somos seres emocionales que razonan.

La metáfora del cerebro como racional y el corazón emocional en verdad es engañosa: el cerebro es puro corazón. Al contrario de lo que nos gustaría creer, el cerebro no busca la verdad, busca sentirse bien. Es por esto que escapamos del dolor, repetimos lo que nos agrada, cambiamos lo que no nos gusta, buscamos siempre la opción más cómoda, como un método de sobrevivencia de nuestro cerebro.

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📷 Matt Artz

¿Sobrevivir a qué? A su propia destrucción: su descodificación. Cuando realizamos una tarea una y otra vez nuestras neuronas aprenden el “camino” para realizarla. Así hemos aprendido a caminar, a hablar, a comer, etc. De tanto hacer algo, termina tatuado en nuestro cerebro: literalmente. Por eso, con el tiempo, somos capaces de hacer cosas complicadas “de memoria” y caminar, hablar y comer se convierten en actos más mecánicos que racionales. Estos caminos aprendidos, se convierten en parte de la arquitectura misma de nuestro cerebro, en nuestra identidad, son el mapa de nuestro laberinto.

Esta es la codificación de nuestro cerebro, el cual reaccionará en cuanto se vea en una situación que rete sus caminos aprendidos: le hace ruido. Y el ruido nos pone incómodos, molestos y hasta violentos. Los diestros prueben escribir con la mano izquierda y entenderán a qué me refiero con incomodidad. El mismo proceso sucede con nuestras ideas: después de escuchar repetida y sistemáticamente la misma idea, sin ser cuestionada, esta va tatuando su camino en nuestro cerebro hasta que se nos haga imposible de borrar; y cuando alguien reta nuestra forma de pensar, nuestras ideas, la forma de ver el mundo que ya teníamos grabada en la cabeza, nos sentimos incómodos y violentos: insultamos, nos falla la lógica, perdemos los argumentos.

¿Cuál es el problema? Es que aprendemos a pensar como aprendemos a caminar: de forma mecánica, no crítica. Repetimos las ideas que escuchamos una y otra vez hasta que se vuelven parte de nosotros mismos, de nuestra identidad, lo que hace que cada vez que tengamos que dudar de una idea, tengamos que matar un poco de nosotros mismos.

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📷 Matt Artz

Esto nos pasa a todos, todo el tiempo; sin embargo, existe una diferencia entre la arquitectura del cerebro de un fanático y de un tolerante. La persona tolerante es capaz de, casi literalmente, abrir su cerebro a nuevas ideas que pueden borrar el tatuaje de sus ideas aprendidas, sin hacerle perder su propia coherencia, ni la cordura. Es un proceso difícil, incómodo y, a veces, doloroso.

Esa capacidad de descodificar tu cerebro, destruirlo y volverlo a construir, sin importar qué tan difícil, doloroso o molesto pueda ser, es una capacidad admirable y es, irónicamente, una de las actitudes más criticadas en nuestro medio: aquí, les decimos “tibio” “que no toma partido” “funcional a …” a quienes se animan a dudar.

Vivimos en un ambiente tan hostil para pensar críticamente, para dudar, para cuestionar. Criamos niños para que sean obedientes, los mandamos al colegio para que sean responsables, y no hay nada malo con esto, es solo que en algún lugar en el camino nos hemos olvidado enseñarles a pensar. Y hoy somos adultos fanáticos: incapaces de revisar nuestras ideas, de repensar la arquitectura de nuestra mente, de sentir empatía por el otro. Y son nuestras escuelas, universidades, sociedades y cultura que han generado este ambiente; pero en términos concretos, somos nosotros los que hemos construido nuestro laberinto: que si eran 70.000 millones de neuronas u 86.000 millones, que si “Bolivia dijo no” tiene tres sílabas o tres palabras, que si las feministas militaron en el Partido Nacional Socialista Alemán, que si los que se oponen al aborto son sólo un vestigio de una sociedad “anticuada”. Todas estas son reacciones ante intentos de abrir nuestra mente, son la acción de nuestro cerebro primitivo luchando por sobrevivir al cambio.  Y nuestro lado primitivo está ganando.

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📷 Scott Rodgerson