“Luis Miguel, la serie”: ¿la hechura de los niños ricos de Dickens o Mark Twain?

Fotografía: Jamie Streer

NORA MAZZIOTTI

Luis Miguel, la serie, es la biografía del cantante, la historia desde que era un niño sensible y con condiciones artísticas excepcionales y que inicia su carrera musical a los diez años. La historia se cuenta en tres etapas distintas, Luis Miguel en 1981, a los 10 años, en la adolescencia y alrededor de los años 90, cuando saca el álbum Romance y su carrera da un nuevo giro.

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Fotografía: Sweet Ice Cream Photography

Una de las miradas posibles a la serie es la del melodrama. Luis Miguel en su primera etapa, guiado por el padre, Luis Rey, que descubre sus talentos y le enseña la tenacidad y la dedicación necesarias que harán de él un artista. Ahí aparece la vulnerabilidad de Luis Miguel niño, el sacrificio que lo obliga a ensayar y no tener amigos, no jugar. A medida que se afianza como cantante, se ponen más en evidencia las ambiciones del padre, el villano de la historia. Le consigue más contratos, por lo que lo obliga a dejar la escuela y lo agobia con larguísimas jornadas de trabajo. Y como el niño está extenuado, le da efedrina para que no se quede dormido. Luis Miguel es el esclavo, ya que es quien genera la riqueza del amo, pero este no lo reconoce.

El Luis Miguel adolescente es, como la etimología lo revela, el que adolece, el que sufre: se le exige la separación de la madre, una herida inconmensurable y que, por injusta, genera, además de dolor, dudas y culpas. Y no cicatriza jamás. Es el más castigado de los tres Luis Miguel, el que tiene que arreglárselas solo y se torna melancólico, casi sombrío.

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Fotogrfía: Joshua Reddekopp

Como en cualquier texto melodramático, hay exceso. Todo desborda. El padre cumple las etapas de villano de melodrama: es el descubridor del diamante en bruto, y lo ciega la codicia. Que se convierte en odio, en estafa, en venganza más o menos solapada. El melodrama no contempla arrepentimiento para el villano. No lo redime ni la muerte. Como última represalia, Luis Rey en su lecho de muerte se impone y exige al primo guardar el secreto sobre el paradero de la madre.

El maltrato a Marcela, la madre, la constante desvalorización de su rol, asombran, pero es sabido que no solo eran (y son) frecuentes en muchas relaciones, sino que en esa época estaban naturalizadas. Lo que sí desborda es el ofrecerla como carnada, intentar prostituirla. La escena clave de esta situación es aquella en la que Luis Miguel niño tiene que cantar en el casamiento de la hija del presidente. Los padres se están peleando, porque Marcela descubrió que el vestido que lleva puesto se lo había regalado un general que intenta llevarla a la cama. Y que Luis Rey se lo había ocultado. La madre, avergonzada, se va de la fiesta y Luis Miguel (le) canta “eres agua fresca donde se calma la sed (…) eres abrazo donde se acunan mis sentimientos”.

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Fotografía: Marvin Meyer

Si Luis Miguel adulto encuentra en Hugo López, el manager argentino, un padre sustituto, un consejero profesional (“tenés que tomar las riendas de tu carrera”) y de la vida (“vas a llegar hasta donde quieras llegar”) jamás va a cerrar la herida de la separación de la madre. La soledad y la añoranza lo definen. Ese niño, ese joven aislado y melancólico tiene la hechura de los niños ricos de Dickens o de Mark Twain. Tal vez el hijo huérfano de Ana Karenina se le hubiera parecido.

La madre es la auténtica víctima. Luis Miguel sufre, pero tiene su carrera. Marcela pierde todo, hasta se pierde a sí misma. No puede tolerar la separación, el desmembramiento de la familia. Después de su tercer parto, tiene un puerperio depresivo. Es manipulada una y otra vez por el marido. No solo la engaña con otras mujeres, sino que no le permite trabajar, le oculta información económica, o que el hijo la busca. Todavía no se sabe (en la realidad) qué fue de ella.

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Fotografía: Anthony Delacroix

Es que, como siempre, el melodrama se entrelaza con la vida real. Esta incógnita sobre la madre, si vive o falleció y qué pasó con ella, se hicieron carne en Luis Miguel, el verdadero. Las respuestas evasivas en los reportajes, el misterio en relación a su vida privada, hacen de él un personaje ocultador, con secretos y heridas. Por más que se lo conozca como el Sol, el Rey, lo es por su talento y su calidad artística. Es en el escenario donde irradia luminosidad. Ahí brilla, palpita.

El Luis Miguel adulto de la serie está contado como un chico que se hizo grande de golpe. A los diecisiete se muda y convive con una novia, mayor que él. Y empieza el arduo camino de separarse el padre. A lo largo de los años, tiene el amor de varias mujeres, dinero, casas enormes con piscinas en playas paradisíacas. Sus lados oscuros se muestran en su adicción al alcohol, o cuando se enoja con las fans, que lo agobian y él no sabe cómo tratarlas. No entiende que la fan se construye en torno a su figura. Y que él vive gracias a las fans que lo crean y recrean. Les debe quién es, su éxito. Y cuando ocurre el accidente en la ruta, donde por su culpa casi muere una de ellas, cree que con autógrafos y fotos o regalando álbumes es suficiente. Otra zona oscura es la de su paternidad. Cuando la novia se entera de que tiene una hija, él la niega, pone en duda que sea el padre, no se hace cargo. Y nuevamente sigue el derrotero del melodrama, con la cuestión de la identidad como insumo fundamental.

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Fotografía: Alexandre Chambon

El Luis Miguel maduro encuentra su camino cuando el bolero y él se descubren. Ahí sí es luz, Sol que brilla. Y con Armando Manzanero como Espíritu Santo insuflándolo, se forma un núcleo importante de la cultura popular y masiva latinoamericana. Reformulando el bolero, diciéndolo de otra manera, musicalizándolo con su estilo pop, no sólo logró que el público adolescente y juvenil que lo seguía cantara las canciones de sus abuelas, sino que convirtió a esas abuelas en sus nuevas fans. Y el melodramático bolero volvió a poner en boca de nuevas generaciones las palabras que necesita el amor romántico para ser dicho.

Si la serie fue pensada para salvar al Luis Miguel real y a varios empresarios de una quiebra, si fue un cuidado operativo de marketing para reanimar las ventas de sus shows o de sus temas, son cuestiones que no hacen al caso. Lo que sí importa es que el lazo de los públicos con Luis Miguel artista, con ese niño-adulto triste, atormentado y a la vez luminoso, cobró nuevas dimensiones. La serie, que no está en ningún canal de aire, es un éxito continental. Por más que se subieran a Netflix a razón de un capítulo semanal, imitando la ya vieja manera de mirar televisión, la maratón, el binging, el atracón de capítulos es lo que la hizo más atractiva.

Algunos héroes masivos pueden aletargarse y resucitar cuando el melodrama y la industria cultural lo permiten. Y Luis Miguel lo consigue.

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Fotografía: Ishan Seefromthesky

*Texto publicado originalmente en Revista Ñ, de El Clarín.