El cuerpo como extensión del smartphone

Fotografía: michelle_polefitdubai

MARGARITA MARTÍNEZ

La matriz técnica contemporánea interpela a los individuos y su modo de erguirse ante lo real modelando la sensibilidad de la época en sentidos hasta hace poco tiempo imprevisibles. Parte de estos cambios se derivan de la caída de las antiguas polaridades según las cuales la cultura occidental estaba habituada a ordenar lo real existente: activo/pasivo, adentro/afuera, amo/esclavo, verdadero/falso, animado/inanimado, hombre/mujer, entre tantas otras.

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Fotografía: michelle_polefitdubai

Lo que hicieron las recientes formas técnicas fue inducir terceros estados que hoy están disolviendo las oposiciones binarias clásicas. A eso se agrega que el derrame de lo subjetivo fuera de la piel y la posibilidad, vía las tecnologías, de estar en más de un lugar a la vez hizo entrar en crisis la lógica de los espacios tradicionales y, fundamentalmente, la lógica de lo sensible. ¿Por qué asumir, como hicieron los pensadores clásicos de la técnica, que las tecnologías son extensiones protésicas del cuerpo y no pensar en cambio que nuestros propios cuerpos pueden ser vistos como extensiones de las tecnologías de la comunicación y asistencia? ¿Por qué no pensarlo, en la estela de Éric Sadin, desde el momento en que nuestros cuerpos, a través de los smartphones, son puntos de suministro de datos en tiempo real acerca de nuestros consumos, nuestros movimientos, nuestras preferencias generando, entre otras cosas, el yacimiento en el que abreva la minería de datos? Así, son tres las oposiciones que hoy giran en falso anunciando un nuevo “tempo” de lo sensible.

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Fotografía: michelle_polefitdubai

La primera que queda en entredicho es la oposición real/virtual. En virtud de esa oposición, el espacio virtual se hizo primero heredero de una serie de prejuicios que habían marcado la historia occidental de la representación y que se estructuraban sobre los dos sentidos posibles de representar: como proceso de mímesis (o copia) y como “volver a traer a la presencia”. Sucede que la separación real/virtual que elaboran los discursos analíticos, basada en la virtualidad como copia, se vuelve infructuosa en la experiencia cotidiana: cuando la representación vuelve a traer a la presencia, es decir, “hace presente lo ausente”, como en el caso de la sociabilidad en redes, la constatación más inmediata es que tambalea el orden de lo real que, desgajado, interconecta dejando brechas (o grietas). Entre el mundo real y el mundo virtual parece desplegarse lo liso mientras que la grieta o la escisión a saldar se hacen evidentes en el orden de lo real, bajo la forma de cicatrices inasimilables. Lo que termina no cerrando, entonces, son nuestros discursos de lo delimitatorio entre el campo de la realidad y el de la virtualidad mientras que las grietas abiertas por el intercruce (que en lo real se catalogan como “daño”) marcan la geografía anímica de un nuevo tiempo sensible.

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Fotografía: michelle_polefitdubai

La segunda oposición que queda en entredicho es la de adentro/afuera en relación con el cuerpo propio. La noción de cuerpo propio se transforma en la medida en que estos aparatos inteligentes, el smartphone y otros, se vuelven, además de una prótesis intelectiva, una prótesis subjetiva que oficia de prolongación de la mano, en primer término, a través de la reacción táctil. El cuerpo, como baza sensible, entra en juego desde un lugar más complejo que como soporte de aquello llamado “apariencia” y que genera la imagen. Que el aparato parezca reaccionar a lo más íntimo, al tacto, nos entrega a una cierta intimidad con lo inanimado de nuevo cuño: es la continuidad con nuestra piel. A esto Éric Sadin lo denomina “familiaridad carnal” con los artefactos, en reemplazo de una actitud previa de distancia admirativa, eventualmente celestial.

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Fotografía: michelle_polefitdubai

La tercera polaridad que se rompe es la de íntimo/público, engendrando un tercer estado del orden de lo anímico que la investigadora argentina Paula Sibilia denominó “éxtimo”. Así se puede comprender, dentro de la espectacularización del yo contemporánea, la crisis del sujeto moderno y el surgimiento cotidiano de reglas de fiscalización moral cuya razón (aunque no justificación) está en la exhibición permanente de la intimidad. Se reclama una verdad de todo: de las imágenes, de las pasiones, de las opiniones, bajo el paradigma de la transparencia; hay que sentar posición, manifestarse, expresarse. En términos sensibles, las pasiones del cuerpo no parecen ya dispuestas a ocultarse, a disimularse, y queda en evidencia que la filtración de chats y fotos íntimas despierta un temor que, más que con los nuevos aparatos o prácticas, se vincula con la caída de los vectores de índole moral que regulaban la vida de nuestras sociedades modernas. No olvidemos que el Humanismo nunca pidió “que no pasaran cosas”: nos pidió, sobre todo, que las disimuláramos, aun si ocurre, ahora, que nuestros aparatos de simulación –paradójicamente– ya no nos permiten simular.

*Texto publicado en Revista Ñ, El Clarín.