Ingmar Bergman: el cineasta de la angustia vital

MAURICIO BACH

Mañana, 14 de julio, es el centenario del nacimiento de Ingmar Bergman. #Coloquio Yucatán se mantiene en la celebración…

Las grandes exportaciones culturales suecas del siglo XX han sido las actrices Greta Garbo e Ingrid Bergman, el grupo Abba… y el cineasta Ingmar Bergman, sin parentesco alguno con la actriz. Las dos estrellas irradiaron glamur y belleza nórdica, mientras que el pop con estética glam descafeinada del cuarteto musical inundó el mundo de imbatibles melodías pop (un consejo gratis: escuchen el álbum de piano que Benny Andersson ha grabado para Deutsche Grammophon). Frente a esto, Ingmar Bergman extendió por el mundo durante seis décadas una imagen muy distinta de Suecia: angustia existencial, dudas teológicas, trascendentalismo metafísico y descarnadas sinceridades matrimoniales.

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En los años de gloria del cine de ­autor europeo, el cineasta llevaba a la pantalla el austero rigor protestante frente al carnavalesco catolicismo mediterráneo de Federico Fellini.

A las desacomplejadas generaciones más jóvenes formadas en el culto a la teleserie, Bergman puede sonarles a sesudo tostón. ¿Lo fue? Este año en que se celebra el centenario de su nacimiento es un buen momento para echar la vista atrás y plantearse qué le puede aportar su obra a un espectador actual. Para ello propongo un recorrido por la carrera de Ingmar Bergman (Uppsala, 1918-Farö, 2007) en diez fotogramas.

1. La forja del autor

Bergman debuta tras la cámara al final del rodaje de Tortura (1944), un guión suyo que la productora Svenks Filmindustri puso en manos de Alf Sjöberg como director. Este tuvo que ausentarse los últimos días de rodaje y el joven guionista rodó las últimas escenas. La primera película firmada por él es Crisis (1946) y a partir de ella, durante una década, irá tanteando temas y registros.

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Bergman filma historias de amor con tintes melodramáticos –con especial interés por los personajes jóvenes en evolución y conflicto– y hace también algunas probaturas con la comedia, un registro a priori muy alejado del denso y existencialista universo bergmaniano. Salvo alguna rara excepción, firma siempre los guiones de sus películas, que en algún caso parten de adaptaciones de novelas o dramas ajenos, pero progresivamente se van imponiendo las propuestas propias. Esta etapa inicial de búsqueda de su voz personal incluye una primera obra redonda, Un verano con Mónica (1953), y culmina en 1955 con la deliciosa comedia de enredos amorosos Sonrisas de una noche de verano. Más adelante hará un par de incursiones más en el género con resultados irregulares: la interesante El ojo del diablo (1960) sobre el mito de Don Juan, y la fallida ¡Esas mujeres!(1964).

2. La consagración internacional

El triunfo definitivo más allá de las fronteras suecas llega de forma rotunda con dos películas convertidas hoy en clásicos. La primera, El séptimo sello (1956), premio Especial del Jurado en Cannes,incluye una imagen icónica del cine, la de la partida de ajedrez entre el caballero y la muerte. La segunda, Fresas salvajes (1957), Oso de Oro en el Festival de Berlín, está protagonizada por el viejo cineasta Victor Sjöström, auténtico padre fundador del cine sueco que dirigió su primera película en 1912 y que ya había actuado para Bergman en la temprana La alegría (1950). El séptimo sello Fresas salvajes delimitan a la perfección el universo creativo bergmaniano: la primera adopta la forma de un cuento medieval; la segunda narra el doble viaje, físico y mental, de un profesor que acude a recoger un premio y se enfrenta a los fantasmas de su pasado. En ellas aparecen los grandes temas del cineasta: la obsesión por la muerte, el remordimiento de la culpa, las dudas de la fe y la búsqueda de redención.

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3. Parábolas y dramas

Entre finales de los cincuenta y durante la década de los sesenta del pasado siglo, Bergman construye una serie de parábolas –El manantial de la doncella (con la que gana el primer Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 1960), El rostro (1958)– y varios dramas existenciales que indagan en los desequilibrios psicológicos, las dudas religiosas y las relaciones familiares y de pareja. Es el momento cumbre de su carrera y se suceden las obras maestras. Dirige lo que se denominará la trilogía de la fe (un concepto que él al principio rechaza, pero acabará aceptando): Como en un espejo (segundo Oscar, en 1961, un año después del primero), Los comulgantes (1963) y la sublime El silencio (1963). Esta exploración de las entrañas del alma alcanza un hito incontestable con Persona (1966), que exprime los recursos del cine para ahondar en la complejidad humana con una profundidad que podía parecer reservada a la novela. También a esta época pertenece La hora del lobo (1968), su película de terror sobre un artista en crisis que se enfrenta a sus demonios y desata poderosas escenas oníricas.

4. El mundo de la pareja

En la década de los setenta el cineasta deja la metafísica y el blanco y negro y explora con implacable bisturí el universo de la pareja y la familia. El giro se inicia con Pasión (1969), su primera película en color, que hace de puente entre ambas etapas y a la que sigue La carcoma (1971), coproducción con Estados Unidos rodada en inglés y que incorpora al actor americano Elliott Gould. La culminación llega con Secretos de un ­matrimonio (1973) y Cara a cara al desnudo (1976), las más descarnadamente autobiográficas, protagonizadas por Liv Ullmann, que fue el gran amor de su vida, y Erland Josephson, el actor que más de una vez encarnará a su alter ego. A este periodo pertenece también Gritos y susurros (1972), centrada en las relaciones madre-hijas, en la que el cineasta experimenta a fondo con las potencialidades dramáticas del color.

En los setenta, deja la metafísica y el blanco y negro y explora con implacable bisturí el universo de la pareja y la familia

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5. El exilio

El 30 de enero de 1976 la policía entra en el Dramaten de Estocolmo en pleno ensayo de La danza de la muerte de Strindberg y se lleva detenido a Bergman, acusado de fraude fiscal. El cineasta culpa a sus asesores económicos y habla de acoso del Ministerio de Hacienda. El escándalo es monumental, la noticia da la vuelta al mundo y el mismísimo primer ministro Olof Palme tiene que hacer unas declaraciones intentando reconducir la situación. Indignado, Bergman decide exiliarse en Munich, donde seguirá dirigiendo teatro y cine, y residirá durante nueve años, pese a que en 1979 se le exonera del delito. A este periodo internacional pertenecen las irregulares El huevo de la serpiente (1977), sobre los experimentos clínicos de los nazis con parias sociales, con David Carradine de protagonista, y Sonata de otoño (1978), su única colaboración con su compatriota Ingrid Bergman, que rueda la película enferma de cáncer y no se entiende con él; “¿Por qué eres tan aburrido cuando escribes, Ingmar?”, le llega a decir. Cierra esta etapa la sombría De la vida de las marionetas (1980), indagación psicológica en una mente enferma a partir del asesinato de una prostituta.

6. Despedida, infancia, familia

Todavía instalado en Munich, Bergman regresa a Suecia para rodar Fanny y Alexander (1982), con la que ganará el tercer Oscar a la mejor película de habla no inglesa. Concebida como su despedida del cine, es una mirada sobre el mundo de la infancia con un claro componente autobiográfico y un toque freudiano: el cineasta era hijo de un estricto pastor luterano al que en la película convierte no en su padre sino en su padrastro. Volverá sobre su infancia y la vida de sus progenitores antes de su nacimiento en varios guiones que dirigirán otras personas: Las mejores intenciones (1991) de Billie August, Niños de domingo (1992), realizada por su hijo Daniel, y la película televisiva Encuentros privados (1996) de Liv Ullmann, que también lleva a la pantalla otro guión de Bergman: Infiel (2000).

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7. Piezas de cámara

Tras la anunciada despedida, Bergman vuelve a ponerse tras las cámaras para rodar varias películas televisivas de corte intimista, con algunos de sus actores fetiche y en las que destila la quintaesencia de su arte. La mayoría tienen un carácter marcadamente teatral y hacen referencia al mundo del teatro –la muy autobiográfica Tras el ensayo (1984)– y del cine –Sista Skriket (1995), En presencia de un payaso(1997) y Creadores de imágenes (2000), basada en una pieza teatral de Per Olov Enquist, que relata el encuentro entre el cineasta Victor Sjöström y la escritora Selma Lagerlöf. Pero la culminación de esta última etapa es una nueva inmersión en el mundo de la pareja: Saraband (2003), duelo interpretativo entre Erland Josephson y Liv Ullmann, que retoman treinta años después a la pareja que interpretaron en Secretos de un matrimonio. Esta es, ahora sí, la despedida definitiva, su canto del cisne.

8. Pionero

En una época en la que las series de televisión no gozaban del prestigio del que gozan ahora, Bergman fue de los primeros cineastas –se le adelantó Rossellini– que exploró las posibilidades del medio. Ya desde mediados de los años cincuenta fue haciendo algunas pequeñas incursiones televisivas, pero es en 1973 cuando rueda como serie de seis episodios Secretos de un matrimonio, que después abreviará en forma de película, un procedimiento que repetirá con Fanny y Alexander, también con doble versión, más extensa en la pequeña pantalla y acortada en las salas de cine. Dos años después de Secretos de un matrimonio, en 1975, Bergman filmó La flauta mágica de Mozart y también aquí se adelantó a la posterior moda de llevar óperas a la pantalla, a la que harían aportaciones notables cineastas como Losey ( Don Giovanni), Francesco Rosi (Carmen) o Franco Zeffirelli (La Traviata, Otello). Y también en los años setenta filmó dos documentales íntimos – Farö Dokumentt (1970) y Farö Dokumentt 1979 (1979)– sobre la isla en la que rodó varias de sus películas y donde se construyó una casa para pasar los veranos en la que acabó viviendo los últimos años de su vida.

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9. Bergman íntimo

Además de en cientos de entrevistas, el cineasta dejó testimonio de su vida y obra en dos estupendos libros autobiográficos: Linterna mágica Imágenes. Quien desee profundizar más en su agitada peripecia sentimental, conexiones entre su vida y obra, las relaciones con sus actores o el manejo de los demonios interiores, cuenta con otras dos jugosas aportaciones: la serie de tres reportajes de la televisión sueca (Bergman y el cine, Bergman y el teatro y Bergman y Farö, 2004), que en conjunto ofrecen un retrato muy completo del personaje, y por otro lado el intimista documental Liv & Ingmar (2012) de Dheeraj Akolkar, no estrenado en España, en el que Liv Ullmann, el gran amor de Bergman, evoca su relación con él tras su fallecimiento. En él la actriz dice un par de cosas remarcables: “Yo era una persona feliz, pero después de cinco años rodando sus películas acabé medio deprimida con tanto personaje atormentado” y “Creo que Ingmar y yo hicimos algo que muy poca gente puede hacer: creamos juntos, tuvimos una hija juntos, nos amamos y después conservamos una amistad que nunca se extinguió”.

10. Por qué es un maestro

Su cine se nutre de dos influencias entrecruzadas: por un lado, el teatro de Ibsen y Strindberg, y por el otro, el cine de Dreyer. Su formación teatral lo convierte en un director capaz de exprimir al máximo su expresividad y matices de los actores, y al mismo tiempo le proporciona un sólido dominio en el manejo de los diálogos. Su cine tiene la ambición de tocar temas profundos en un vasto espectro que va desde lo filosófico y religioso –la fe, la duda existencial, la culpa, el dolor, la muerte– hasta los conflictos y desequilibrios psíquicos, pasando por el mundo de la infancia, la pareja –el deseo, el engaño, la incomunicación, el paso del tiempo– y la familia. Bergman acota una serie de temas y crea un estilo propio, lo cual lo convierte en un autor.

Y sobre todo en la década de los sesenta, sus películas despliegan una poderosa osadía formal y abren nuevos caminos expresivos con recursos como el uso de primerísimos planos de los rostros. Su legado sigue vivo y sus herederos –directos o indirectos– son innumerables. Woody Allen lo calca en Interiores, pero su influencia es rastreable en otros muchos directores. Falleció en el 2007, el mismo día que Michelangelo Antonioni; fueron dos de los puntales de la época dorada del cine de autor europeo.

*Texto publicado originalmente en La Vanguardia.

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