Gol

DAVID TOVILLA

Manos en la cara. Amplia sonrisa. Puños levantados. Alarido. Meneo de la cabeza. Afirmación. El ingreso del balón en el cuadro detona todo. Su golpe en la red del fondo es el clímax. Del lado goleador es euforia; el bando goleado es tristeza. El gol es el momento síntesis de todo lo que se mueve en torno al fútbol. Y sí, todos coinciden: es pasión, emociones.

Por estos días, los rostros cotidianos del fútbol son más intensos. El latido es más fuerte. La esperanza crece. El desencanto se profundiza. Todo se desarrolla en mayores proporciones. Ocurre así porque el Mundial es el juego de juegos. Los gritos dominicales por la liga local, ahora, adquieren forma de clamor nacional. Lo es porque en el uniforme de una docena de jugadores van encarnados los soldados de las naciones. Van a la batalla, deportiva, pero con el mismo resultado: triunfo o derrota. Sin términos medios. Ofensiva y defensores lo son para defender no a un equipo: a la nación que durante noventa minutos pende de dos manos y veinticuatro pies.

Bien hacen las transmisiones televisivas en no sólo seguir a los jugadores y las acciones. Recogen, con tino, las caras del fútbol. Hombre y mujeres que llegaron de todas partes para el máximo cónclave, para ver a los gladiadores derrotar a sus adversarios. Tonos de piel variados, perfiles diversos, identidades múltiples que se unifican para decir ¡Noooo! o ¡Síííí! al mismo tiempo, en función del sentido y militancia que se profese.

Los espectadores, ahí y en casa, deben luchar con la angustia. La fe tiene más sentido en esos momentos. Un deseo unifica a millones, aunque vivan en la polarización. Diversas treguas se establecen durante noventa minutos. Una sola palabra puede explotar, en cualquier instante a favor o en contra: gol. Unos le anhelan, otros le odian. Puro sentimiento, al que está asociada la vida en tiempos de Mundial…