“El fútbol es el gran tema de conversación global”: John Carlin

Fotografía: Daniel Hansen

MATILDE SÁNCHEZ

Columnista y corresponsal de grandes diarios europeos, como los británicos The Times The Guardian El País, de España, el inglés John Carlin es un destacado especialista en fútbol y autor de tres ensayos biográficos que tienen el deporte en el centro. En El factor humano, que luego se convirtió en el filme Invictus, narra cómo el presidente Nelson Mandela empleó el Mundial de Rugby 1995 como prenda de unidad entre la Sudáfrica blanca y el país negro sumergido por décadas de apartheid. Antes había escrito sobre un tenista supremo, Rafa Nadal; su último libro es sobre Pistorius, el excepcional corredor discapacitado condenado por el femicidio de su novia.

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Fotografía: Seth Doyle

A su paso por Buenos Aires, el periodista y escritor contó que no tuvo problema en rechazar una oferta de un millón de dólares para escribir la biografía de un magnate –“de origen saudita”- que no le merecía confianza: “Habría sentido que me traicionaba”.

Embarcado en una serie de documentales sobre fútbol, que incluye una entrevista con César Luis Menotti, se dedica a su mayor pasión, aprendida en la infancia en Buenos Aires: “Ser futbolero es uno de los legados que recibí por haber crecido en Argentina; difícil ser un pibe acá si no sos hincha de fútbol”. Y su acento es intencionalmente porteño.

-¿El fútbol es una obsesión, funciona como una mitología universal?

-No sabría si aplicarle el concepto de mito, pero es el gran tema de conversación global. Como fenómeno social no hay nada comparable. La gente habla de lo que le sucede y de sus familias, pero lo común que reúne a todos es el fútbol. La política incluso es una afición muy minoritaria comparada con el fútbol. Este es también más masivo que cualquier religión. Hay más futboleros que católicos o musulmanes. Se trata de un idioma universal, que atraviesa todas las barreras raciales. Es el puente. Y es una gran democracia, en el sentido de que vos podés ir al lugar más humilde de África y te encontrás con un señor pobrísimo de 50 años que no sabe leer ni escribir pero que puede conversar en pie de igualdad con un profesor de filosofía de Oxford. ¿Su tema?, el fútbol. Ese analfabeto tiene la misma capacidad de análisis y su cabeza guarda los nombres de quienes marcaron los goles en el Mundial del 78. Y lo digo en base a mi experiencia personal. Tengo innumerables ejemplos de esto.

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Fotografía: David Clarke

-Danos un ejemplo que hayas registrado en estos documentales.

-Vengo de Bangladesh, el país más pobre del mundo, cuyo deporte nacional es el cricket y que no tiene chances de participar en el Mundial. Pero su población se reparte entre fans de Argentina y fans de Brasil. Es un poco inexplicable…

– Sin embargo, deja afuera a la mitad de la población global…

-Reconozco que es sobre todo una cuestión masculina. Pero la inserción de la mujer está creciendo de manera agigantada. Mi documental en Bangladesh trata sobre una niña de 12 años, musulmana, que se enfrenta a los prejuicios sociales pero ama el fútbol. Es muy dotada para el deporte y su padre está orgulloso de ella. Este país –el más densamente poblado del mundo, con 170 millones de personas y una extensión como la provincia de Buenos Aires- se paraliza por el Mundial. Lo que destaco es que nadie quiere perderse la gran fiesta ni la chance de vincularse emocionalmente a la agenda común.

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Fotografía: Click And Boo

-En “El factor humano”, tu gran interpretación del personaje de Nelson Mandela, asegurás que él era muy consciente de “el poder del deporte”, como herramienta para educar y lograr consenso. ¿Qué registro tuviste del siniestro Mundial de 1978?

-Como sabes, yo crecí aquí y en los Mundiales siempre pugno por Argentina. La adhesión deportiva revela tu identidad y tu lealtad. Ese año yo estaba en Gran Bretaña en la Universidad. Era un estudiante pobre e hice algo extravagante: en mi dormitorio de la universidad me alquilé un televisor enorme durante el mes del Mundial. Aunque era un aparato blanco y negro, representaba un gasto enorme. Yo iba a muerte con Argentina; veía cada partido hasta las 2 de la madrugada, debido a la diferencia horaria. Cantaba los goles de Luque y Kempes; celebré mucho la Copa. Es evidente que el fútbol conserva algo tribal, está en el origen de la organización social. Solo que ahora tenemos tribus más grandes, ampliadas, las tribus de uruguayos, argentinos, etc; hacia adentro, las tribus de los clubes deportivos. El fútbol expresa un escape a los impulsos tribales.

-No deja de inscribirse en la “old school” del nacionalismo.

-Sí, se vincula. George Orwell, el autor de 1984, define el patriotismo como el orgullo por la gastronomía de tu país, su paisaje y su literatura por sí solos, pero lo distingue del nacionalismo, esencialmente comparativo y paranoico, definido en oposición a otras naciones. En este sentido, el tribalismo del fútbol tiene más que ver con el nacionalismo; y tiene un componente paranoico. Por eso te ofrece códigos de juego, para canalizarlo de forma sana. Claro que aquí existe el fenómeno barrabrava, que se anuda con esta paranoia tribal del modo más bestia. Pero en el mundo entero, quienes se vinculan de modo violento son una minoría. El fútbol me sigue pareciendo una suerte de terapia para las masas. Se puede intelectualizar, aplicarle esquemas ideológicos o críticos, atribuirle contenidos fascistoides pero para la inmensa mayoría es otra cosa. Lo poderoso es preguntarse por qué los humanos volcamos tanto en él: el fútbol da respuestas a todo. Es algo directamente shakesperiano.

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Fotografía: Jeshoots Com

-¿En el sentido de lo que se pone en escena, por ser un teatro de las fuerzas mundiales?

-No solo por eso, sino por cuestiones subjetivas. En el futbol la gente vuelca todas sus emociones; la fe, la esperanza, el amor. La conversación futbolera pasa por todos esos temas. Ciertamente, es el gran teatro del mundo, ¡en vivo y en directo! Y hay algo más, esta es mi hipótesis personal: creo que eso ocurre porque es el deporte más injusto de todos. Después de la mayoría de los partidos, siempre sigue un debate acerca de si el resultado fue justo o no; si el equipo equis merecía ganar o perder… En eso se pueden invertir cinco minutos, cinco horas o cinco siglos… La mano de Maradona es una ilustración perfecta. Es un reflejo de la vida, pues muchas veces, el que merece ganar no gana. La vida es injusta, ¿o no? La gente rara vez consigue lo que se merece. El factor azar es enorme en el fútbol, como en la vida.

-Uno de tus libros muy leídos es Rafa, la biografía de Rafael Nadal. ¿En el tenis cuál es la incidencia del azar?

-Mínima, comparada con el fútbol. Si Nadal juega con Federer, gana o pierde, pero las variantes se reducen muchísimo. Por empezar, en el tenis no hay un árbitro que ejerce de Dios pero es humano, así que se equivoca todo el tiempo… El fútbol refleja nuestras vidas. Y es universal, aquí o en China. En Malasia los diarios escriben sobre la Liga inglesa como si fueran británicos; suponen la totalidad del conocimiento.

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Fotografía: Dan Gold

-Hablemos del paso de la historia a la memoria; lo viviste como corresponsal. Estuviste cerca del proceso de reconciliación en Ruanda.

-Uff! Lo conocí muy bien. Un millón de personas murieron en 100 días, en 1994. Es quizá el peor genocidio de la historia de la humanidad, cuando un gobierno hutu buscó el exterminio de la población tutsi, con apoyo militares de Bélgica. En Ruanda hubo amnistía, de manera que cientos de asesinos volvieron a la vida civil, a sus pueblos, a vivir entre los vecinos de calle que lo habían visto todo… Y le dieron un giro muy particular al proceso de memoria y justicia. Lo hicieron a nivel muy local, en cada pueblito. La gente denunciaba los casos a las autoridades de los pueblos, entonces los perpetradores confesaban y pedían perdón. Muy tremendo. Imaginate que tras la Segunda Guerra, los líderes nazis y jefes de campos de concentración volvieran cinco o diez años después a encontrarse con los deudos que dejó Auschwitz.

-¿El deporte fue estimulado para recrear la convivencia?

-En el año 2000, es decir, seis años después del genocidio, asistí y narré un partido de fútbol en la localidad de Gashora que se haría legendario. Jugaban 11 reconocidos perpetradores y 11 víctimas de las masacres. En Ruanda era fácil encontrar asesinos de masas, vecinos antes normales que habían matado a otros cien vecinos a machetazos. Gashora, cerca de Kigali, había sido particularmente violenta. Allí se habían producido masacres directamente inenarrables. Para que tengas una idea, hubo padres que pagaron a los asesinos de sus hijos para que les dieran muerte de un compasivo tiro en la sien, y les ahorraran así el desmembramiento o la muerte a garrotazos… Hubo esposos que mataron a garrotazos a sus esposas. En Ruanda quedaron unos 150 mil huérfanos menores de 10 años a cargo de familias de hermanitos menores. Ese era el contexto del partido de fútbol, cuyo referí había traído la pelota oficial de la FIFA de la capital. Se le dio comienzo tocando con la pelota la cabeza de cada uno de los 22 participantes, un cabezazo simbólico para imponerles pensar mejor en adelante. Un gesto simbólico de un inmenso sentido, creo. El partido acabó en 1-0, a favor de las víctimas.

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Fotografía: Charisse Kenion

-Es difícil imaginar que se puedan canalizar energías tan mortíferas como las que dominaron a Ruanda.

-Desde luego, son solo estrategias de diálogo. La paz fue ganada en Ruanda gracias a la prosperidad. Hoy es un país próspero en pleno funcionamiento, donde los drones entregan mercadería comprada por Internet y tenés wifi en todas partes. De hecho, es el mejor sitio donde hacer un safari. Pero no es una democracia. Las libertades están restringidas y creo que Paul Kagame, un tutsi a la legua, presidente desde el fin de la masacre, sería capaz de mandar a matar a un opositor. Pero quizá para esa etapa fue una solución en el contexto africano. La memoria es algo de muy larga persistencia… Recuerdo que en la guerra de la ex Yugoslavia, entre Bosnia y Serbia, hace 20 años, todavía hacían referencia a la batalla de Bileća, en 1388, cuando el reino de Bosnia, poblado por serbios cristianos, enfrentó a los invasores turcos del imperio Otomano. La batalla de Bileća aun era invocada como motivo de rencor y venganza.

– Esta tarde te regalaron una camiseta de Excursionistas y se te iluminó la cara como a un chico. ¿Evolucionaste como futbolero, desde aquel vecinito de 20 años, hincha de Excursionistas? ¿Cuánto del fanatismo es simplemente memoria de la niñez?

-En efecto, tengo de mi primera infancia un recuerdo futbolero intacto. Mi padre era diplomático, de manera que ellos tenían una vida social que nos excluía. Yo quedaba al cuidado del portero, cuyo hijo era futbolista profesional. Iba a verlo a la cancha – yo tendría seis o siete años- y a la salida él me buscaba y me cargaba en sus hombros. Tengo el recuerdo sensorial de la excitación del partido y después, de su pelo recién lavado, que olía a champú. El fútbol era todo un mundo… Cuando regresé a Inglaterra, me hice del Manchester United, luego lo dejé. Hace 10 años me convertí en algo patético y diluido, una especie de hincha gourmet, sin tribalismo. Me gustan momentos de varios clubes y seleccionados. Soy hincha de Lionel Messí. Si Messi se va a China, allá voy… Como ves, muy poco ortodoxo lo mío.

*Entrevista publicada originalmente en El Clarín.

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Fotografía: Mosa Moseneke