David Tovilla, maestro en el arte del erotismo

RAFAEL GÓMEZ CHI

El erotismo nunca ha sido una mera expresión de la sexualidad. Reducirlo a ello sería como negar nuestro propio devenir histórico y apagarnos, volvernos minerales, hierros, piedras, objetos, cosas. Por fortuna, la literatura se ha encargado de presentarnos autores que, como David Tovilla, nos digan que sentimos, que amamos, que deseamos, que estamos más que vivos.

Tovilla (Huixtla, Chiapas) ha dedicado gran parte de su obra a narrar el erotismo. Pero no sólo a ello, sino a sentirlo y a transmitirlo. Y así ha sido en dos de sus libros que el cronista conoció esta semana. Se trata de Imágenes voluptuosas y de Bragadicto.

Contraportada

En el primero desmenuza, con su particular visión, diez obras de la cinematografía mundial que van desde la mítica Emmanuelle hasta Ojos bien cerrados, pasando por El último tango en París, inefable filme de Bernardo Bertolucci.

Y en el segundo nos ofrece una serie de relatos de un adicto a las bragas. Un amante de esos que ya no se ven o se ven muy poco, aquellos que valoran la sexualidad y el erotismo como el ars amattoria, la llama doble de Paz o los inenarrables deseos de El Amadís de Gaula o la voluptuosidad de Fonchito al desear a su madrastra.

El cronista, lector empedernido, ha dado con autores con técnica, estilo, una buena escritura, pero nada más. Tovilla, en cambio, sencillo, sin arrebatos lingüísticos que extravían en los recovecos de la falsa cultura, transporta al lector a ese sitio en el que solamente habitan aquellos que no precisan de un separador. Y miren que es muy hábil porque para darnos dos libritos con tipografías lamentables, poco llamativas, hace que concluyamos con avidez.

solo portada IMAGENES.pngSuculentos bocados

Primero las películas. Se nota que Tovilla las ha visto, quién sabe con qué fines, más de una vez, porque no te las cuenta ni te las explica ni realiza una hermenéutica de los filmes. Simple y sencillamente miras cómo los protagonistas cogen. Cogen y punto. El imperio de los sentidos, Crash, Atame, Romance, Historia de O, Maîtrese y Garganta profunda se revelan como si los miraras en la pantalla grande, porque no se preocupa por detallarnos lo que los directores pretendieron decirnos, sino que simplemente nos las propone como suculentos bocados que no debemos perdernos.

No es un voyeur ni un pervertido que se asoma a la sala a masturbarse. Tovilla sabe lo que dice y lo que plantea es que también el cine erótico sirve para reflexionar sobre el comportamiento humano, desde lo más bajo hasta lo sublime. No toca fibras para compadecernos, ni tampoco se proyecta como un hombre traumado, sino como un sujeto que nos recuerda la importancia de una sexualidad bien llevada y para eso recurre al cine, porque no hay historias que lleguen a las masas como el séptimo arte.

Y, por otra parte, en Bragadicto tampoco es un simple revisionista que intenta impactar al más incauto con relatos de sexo. No estamos ante un tipo de esos que busca en el sexo un escape a sus frustraciones ni a sus deseos más escondidos. Al menos no se ve eso en su literatura. Y qué bueno, porque la escritura no consiste en ocultar lo que somos o describir lo que no somos. De lo contrario, eso no sería arte, ni siquiera una aproximación.

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Es claro que Tovilla tiene formación, estilo, carácter, técnica. No en balde es Licenciado en Letras Latinoamericanas y maestro en Periodismo Digital. Y tampoco en broma consiguió en 1996 el Premio Nacional de Literatura Erótica en la rama de narrativa, en el concurso “Ojos y tactos” organizado por la Asociación de Artistas Plásticos de México.

Ha publicado quince libros y, en el 2013, fue incluido en la antología “Retales eróticos”, publicada en Málaga, España. Y, para fortuna nuestra, ahora vive en Mérida. Ojalá que el calor estival de las lajas del Mayab también lo inspiren.

*Texto publicado en la sección “Ciudad”, del diario Por Esto!, del martes 17 de abril de 2018.