“Googleame” el cerebro

Dmitri Popov

PEDRO BEKINSCHTEIN

En general, las separaciones son difíciles, pero una vez que uno ha realizado su duelo emocional, y está listo para retomar sus mundanas actividades, se da cuenta de que no todo era sencillo. Era ella la que se acordaba de sacar la basura y ahora el departamento huele a podrido durante la mitad de la semana. Era él quien sabía por qué temporada de cada serie ibas y ahora tenés que fijarte una por una qué es lo que ya viste.

Muchas veces, de manera no consciente, repartimos con otros el almacenamiento de la información para optimizar el espacio y la capacidad de acceder a ella. Este fenómeno de repartija del almacenamiento se conoce como “memoria transactiva” desde que el psicólogo Daniel Wegner le puso ese nombre en 1987. La memoria transactiva ocurre a nivel de parejas, grupos de amigos y sociedades que mantienen el conocimiento fragmentado en la mente de especialistas, estudiosos, y seres dedicados a tareas específicas. Sabemos que si necesitamos una receta de lemon pie, se la pedimos a la abuela y si el nene quiere saber sobre el origen del universo se lo derivamos al tío científico que todo lo sabe y que si no lo sabe, inventará algo creíble.

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Fotografía: Kai Gradert

De igual forma, a través de la historia de la humanidad, transferimos parte de la información a almacenes externos como calendarios, agendas y postits. Pero un día llegó Internet y los científicos se preguntaron si la tecnología podía estar modificando la manera en que almacenamos la información en el cerebro. Internet podría ser ese amigo que lo sabe todo y al que podemos acudir para preguntarle cualquier cosa, desde cuáles son las partículas elementales o qué es este grano purulento que me salió en el codo.

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Fotografía: Clem Onojeghuo

Cuáles son los efectos de incrementar la memoria transactiva? ¿Cambia la manera en la que recordamos? En 2011, el equipo de Wegner publicó un trabajo en la revista Science donde trató de responder a estos interrogantes. En el primer experimento, los participantes respondieron una serie de preguntas de tipo trivia por sí o por no, algunas más fáciles y otras más difíciles. Luego de eso, realizaron un test de Stroop modificado (decir el color con el que está escrita la palabra -que a su vez es el nombre del color-), pero algunas de esas palabras estaban relacionadas con computadoras o internet (Google, Yahoo, etc). Los sujetos tardaron más en reportar el color de las palabras relacionadas con Internet luego de haber sido expuestos a preguntas para las que desconocían las respuestas. La idea es que cuando uno no sabe la respuesta, inmediatamente piensa en buscarla en Internet y eso hace que estas palabras estén más presentes y accesibles y por eso uno tarde más en reportar el color que para palabras neutrales. En una segunda ronda de experimentos, los participantes tuvieron que leer una lista de afirmaciones del tipo “el ojo de un avestruz es más grande que su cerebro” y recordarlas. Luego de cada afirmación, la computadora informaba que ese dato iba a ser guardado o borrado. En un test posterior, se observó que los datos que decían que iban a ser borrados eran los más recordados.

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Fotografía: Steinar Engeland

Parece ser que cuando sabemos que algo va a quedar almacenado, no nos tomamos el trabajo de guardarlo nosotros en nuestro propio cerebro. En otro experimento, luego der ser tipeados, los datos eran guardados en una carpeta determinada. En este caso, las personas recordaron el lugar en el que el dato estaba guardado mejor que el dato en sí. Además, cuando sí se acordaban de los datos, solían no recordar dónde estaban almacenados. Si no sabés, sabés dónde está, pero si lo sabés, no hace falta recordar dónde se guardó. Podría ser que Internet en todas sus formas como Google, Wikipedia, el mail, las redes sociales o los grupos de Whatsapp funcionen como una memoria externa. Necesitamos saber dónde buscar la información, pero no precisamos almacenarla en nuestro cerebro, que queda libre para cuestiones importantes como los recuerdos de cuando éramos realmente felices sin tener que chequear el celular cada dos minutos.

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Fotografía: Alex Read

Igual, parece que no es todo tan útil. Esta memoria transactiva tiene algunos efectos curiosos. Los psicólogos Fisher, Goddu y Keil de Yale se preguntaron si Internet puede estar cambiando la forma en la que estimamos cuánto sabemos. Realizaron experimentos en los que, en una primera fase, les pidieron a los participantes que respondieran a ciertas preguntas de tipo “cómo” o “por qué”. Por ejemplo: “¿Cómo funciona un cierre?”. A la mitad de los sujetos se les instruyó que confirmaran sus respuestas usando Internet, mientras que a la otra mitad se le pidió que calificaran su habilidad de responderlas sin usar Internet. En una segunda fase, tuvieron que autocalificarse (“pobre” a “muy bueno”) en su habilidad de responder otra serie de preguntas no relacionadas con las de la primera fase. Los del grupo que había tenido acceso a Internet se calificaron significativamente mejor que los que no habían podido consultar la red. En otro experimento similar les dijeron que estas habilidades estaban relacionadas con actividad cerebral en determinadas regiones. En la segunda fase les mostraron imágenes de activación cerebral creciente y les pidieron que indicaran cuál era la que les correspondía de acuerdo a cuánto sabían. Nuevamente, los individuos que habían tenido acceso a Internet en la primera fase, eligieron imágenes con mayor actividad cerebral que los otros.

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Fotografía: Lauren Roberts

Parecería que el acceso a Internet es capaz de borrar los límites entre lo que tenemos almacenado en el cerebro y lo que se encuentra afuera. No sabemos mucho, pero nos creemos eruditos porque si así lo quisiéramos, podríamos buscarlo en Wikipedia. Unos capos.

El autor es doctor en Biología. Autor de los libros 100% Cerebro y 100% Memoria (Ediciones B). Este texto fue publicado originalmente en El Clarín.