Ámense los unos sobre los otros

Fotografía: Allef Vinicius

MARIANA PACHECO ORTIZ

Si en el Nuevo Testamento lees: Ámense los unos sobre los otros, en vez de “Ámense los unos a los otros” (Juan 13:34), quizá estés justo en ese momento de tu relación en el cual todo es miel sobre hojuelas, galanteo, ilusión, grandes expectativas y piensas en que te gustaría envejecer y morir con esa persona, pero ¿vivir juntos?… podría ser más rudo que lo primero.

En la historia ha habido parejas que, a pesar de tener más de cincuenta años de relación, nunca vivieron bajo el mismo techo, como Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Es probable que tenían claro lo que implicaba compartir el abismo de lo rutinario y lo escarpado de las diferencias, pues si la convivencia se da sólo en esos términos, cuando por fin le propongas matrimonio y le digas: “Nos casemos”, tal vez te responda: “¡Tú primero!”.

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Fotografía: John Schnobrich

Así que, si piensas que es momento de dar el siguiente paso para lograr mayor estabilidad, ten en cuenta que el amor existe, pero no tiene la banda sonora de La la Land, ni el despertar en su regazo será en medio de un trinar de aves matutinas, pues en el trato cotidiano llegará el momento en que ella te diga: “Eres como el sol que entra por la ventana” (porque le resultas bastante molesto, ¡claro!), mientras te alegras creyendo que se refiere a la diáfana y cálida luz que entra por ella.

Inicialmente, sentirás que tanto la cama compartida como la vivienda se contraen y, como producto de esa unidad en la que ambos llegan a fusionarse, hay riesgo de que se vuelvan un monstruo de dos cabezas.

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Fotografía: Cristian Newman

Hacer vida en común con otra persona significa que estás listo para acudir a Home Depot los domingos por la mañana para comprar cosas que no son necesarias, pero les da sensación de unidad; lidiar con manías y defectos ajenos; alternarse para regar las plantas; turnarse para sacar la basura; ponerse de acuerdo para surtir la despensa; gestionar conflictos por no limpiar la mesa luego de comer o el microondas salpicado.

Ya sé que se aman como jamás imaginaron que podrían hacerlo y, aunque podría ser el paso previo al altar, ya se juraron por meñique amor eterno, también disfrutarán de muchos momentos placenteros y armoniosos; sin embargo, no están libres de ofuscarse frente a alguna desavenencia menor como tolerar cabellos en el suelo, pendientes y coleteros en sitios inesperados.

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Fotografía: Christopher Sardegna

Es entonces cuando deben evitar a toda costa decir “Te pareces a mi madre…” (o peor aún: a la suya), o hacer comparaciones con tal o cual rama del árbol genealógico porque de seguro escogerán la roída.

A no ser que ya hayas aplicado el método de prueba y error muchas veces seguidas, no estás preparado para compartir, de buenas a primeras, tiempo y espacio con otra persona, así que acá te hago algunas sugerencias que podrían resultar útiles para irte a costumbrado a verle con la playera que dice: “Vota por xxxxxxxx” todo el fin de semana.

En primera instancia, es crucial que estés dispuesto a compartir el baño con ella, es más, acostúmbrate a afeitarte con el espejo empañado.

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Fotografía: Daniel Silva Gaxiola

Debes aprender a levantar el asiento y bajar la tapa del retrete, pero, sobre todo, atinarle (con tesón lo lograrás). Entiendo que hay algunas cubiertas traicioneras y que, en plena faena, caen sobre el inodoro, atentando no sólo contra tu integridad física, sino impidiéndote terminar con decoro esa necesidad fisiológica; o bien puede deberse a un mal diseño del váter que termina haciéndote actuar como contorsionista y contribuyendo a quemar tanta grasa como en una sesión de cardio.

El papel higiénico en el baño es un tema no menos importante (las revistas que tengas a la mano no cuentan), ambos deben asegurarse de que no falte y decir: “es que casi no lo uso”, no es excusa (¿acaso te duchas de inmediato?).

Tienen que alternarse para sacar a tirar la basura. Si le ves el lado positivo, te ayuda a tonificar los músculos al ponerte en movimiento para desalojar todos los contenedores de casa y cargarlos juntos para dejarlos fuera; que, si bien no necesitas un aprendizaje especial para esta tarea, sí debes hacer gala de rudeza al soportar el hedor que despide y sortear a los gatos que suelen rondarla afuera.

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Fotografía: Alejandra Quiroz

Si luego de un tiempo compartiendo el mismo espacio ella te pregunta como ves el vaso, no se te ocurra contestar que “medio lleno”, muchos menos “medio vacío”. Lo correcto será responderle que, si el líquido está frío, lo ves con posavasos de corcho sobre el comedor de cristal o sobre la mesa de madera al centro de la sala.

Y no se te ocurra decirle que esperas más sexo al irte a vivir con ella, y que además vas preparado con suficientes dosis de paracetamol “por si le duele la cabeza”.

Si consideras que no puedes con todo lo propuesto, será más probable que te injertes plumas en la espalda y te crezcan alas, a que la relación prospere, pues el ambiente entre ustedes se volverá tan turbio que ya ninguno se preocupará por erguirse, ni meter barriga cuando estén juntos, y ese ese el síntoma definitivo de que se ha perdido la magia.

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Fotografía: Nathan Walker

En el caso de que cubras la mitad de las recomendaciones, inténtalo, pero coloca la ropa sucia en el cesto y si cuelgan al sol acomídete a meterla y estarás de otro lado, no sin una que otra batalla campal (en la que tú saldrás perdiendo porque las mujeres decimos más palabras por minuto que los hombres).

Si eres del escaso porcentaje diestro en estos puntos, ¡enhorabuena!, se están tardando en mudarse juntos.

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Fotografía: Everton Vila