Juan García Ponce, escritor erótico

Giulia Bertelli

DAVID TOVILLA

Juan García Ponce es el mejor escritor de literatura erótica que ha tenido este país. Hay que decirlo porque luego se deja en la abstracción. Se le reconoce como uno de los más fulgurantes escritores mexicanos, pero así sin más, como descafeinado. Por eso, su irremplazable aportación a la narrativa sobre el erotismo, merece subrayarse. Basta con revisar dos de sus trabajos: Crónica de la Intervención, su novela más extensa e Inmaculada o los placeres de la inocencia, la última que publicó.

“Quiero que me cojan todo el día y toda la noche” es la primera frase de la monumental Crónica de la Intervención. Las once palabras encierran el basamento de los personajes femeninos perfilados por García Ponce. “Quiero”: petición, deseo, mandato, aspiración, sugerencia, disposición. “Que me cojan”: gozo, juego, regodeo, complacencia, participación, acción. “Todo el día y toda la noche”: eternidad, permanencia, totalidad, incontinencia, voracidad, empeño, rendimiento. Son las palabras del personaje Mariana pero son suscritas por las diferentes mujeres que aparecen en el orbe literario de Juan García: María Inés, Paloma, Constancia, Inmaculada.

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Fotografía: Viliman Viliman

Presenta mujeres certeras, plenas, categóricas. Ellas dicen, hacen, disponen. Son distantes de las vacilaciones, las dudas, la ilusión. No hay espacio para las trampas, los artilugios. Las distingue la capacidad, la voluntad, la determinación. Féminas quienes entregan su cuerpo y su corazón, pero no su libertad. Son dueñas de sí. Al entregarse definen qué, cuándo, dónde, por qué. Tienen claridad, sentido y dominio de todos sus actos. Aun cuando, aparentan lo contrario, como subraya el narrador de la Crónica de la Intervención: “Hay una superioridad en cualquier mujer que en un momento dado puede preguntar qué van a hacer conmigo cuando es ella la que se ha colocado en la situación que permite que hicieran con ella lo que ella quiere”.

Con una prosa que intercala descripción, reflexión y esmero estético, Juan García Ponce propone una relación no estandarizada: “En ese instante ni el pasado, ni el futuro representaban nada para nosotros. (…) El deseo anula nuestra integridad como personas. (…) Uno no ve nada porque lo tiene todo. Hacíamos el amor, respondíamos uno al otro y ni siquiera lo sabíamos. Es un amasijo de suspiros, de quejidos, de lamentos, de pronto de palabras sueltas despojadas de toda significación”. Son otras las cualidades, los criterios, los parámetros, las razones: “Nada es posible si uno no se pierde antes en el deseo. (…) Inauguramos una relación que los dos suponíamos destinada a terminar y mientras durara sólo podía mantenerse en la intensidad del momento”.

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Fotografía: Makhmutova Dina

El sentido de propiedad no es aplicable a los seres humanos. Sólo los objetos pertenecen a, las personas no. Los sujetos están porque quieren estar. Así queda claro entre José Ignacio y María Inés:

“–Te voy a llevar conmigo –contestó José Ignacio.

“–¿Eso es lo que queremos? Ya me tienes –dijo María Inés.

“–Pero yo no quiero tenerte. Nadie puede tenerte. Lo que busco es que estés a mi alcance. Llevarte conmigo, no para que estés en mi mundo, no para que seas de mi mundo, sino para tenerte en el mundo”.

Qué grandiosa e inusual declaración de amor. Sin equívocos. Luego se confunde fidelidad con respeto a la pareja. Nada qué ver. Respetar al otro es reconocer el derecho a su individualidad y salvaguardar su integridad física, espiritual, sexual.

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Fotografía: Alexandru Zdrobau

Crónica de la Intervención es una vasta concatenación de pensamientos sobre el arte, la sexualidad, el amor, la pareja, la vida. Abre y cierra con una idea femenina: “Quiero que me cojan todo el día y toda la noche equivale a encontrarse en un tipo de feminidad que acepta prestar su cuerpo como modelo del mismo modo que lo entrega para llegar al placer en sí misma y más allá de sí misma y permite crear gracias a ese modelo un cuerpo de palabras. Perderse en él y existir en él para existir desde la ausencia de sentido que uno mismo crea con su propia existencia. No tiene sentido. Pero de eso se trata. Precisamente”.

Véase el otro texto. ¿Con qué asociar a la protagonista de su última novela: Inmaculada o los placeres de la inocencia? Con la libertad. Inmaculada no pide permiso para existir, ser, conocer. Cualquier situación que amenaza con derivar en una retención, atadura u obstrucción es motivo para partir. Ella decide estar o no. No necesita tener un carácter fuerte, violento. Su fuerza reside en la permanente toma de decisiones desde su enfatizada feminidad. No tiene programa, meta, objetivo. Pero sabe lo que no quiere. Rechaza toda imposición. Por eso abandona, de inmediato, cada sitio que puede llevarle a situaciones indeseadas. Se acerca a todo con espíritu conocedor, sin el menor prejuicio.

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Fotografía: Mr Wong

La indagación del mundo se realiza desde la experiencia sensorial de Inmaculada. Su cuerpo es el instrumento para hacerse cualquier pregunta y responderla. No hay límites exteriores. Cada experiencia se realiza porque Inmaculada dispone que suceda. Los encuentros ocurren porque son pasos para avanzar en la supresión de su propia inocencia. Inmaculada: pureza, principio, iniciación. No existen antecedentes en su vida, por lo tanto, cada anotación es nueva. Desconoce todo para aprender, en consecuencia. A nada se niega. Carece de la menor discriminación: “Sin que sepan en qué consisten, nuestra decisión, la voluntad de probar todo, es la que debe hacer que nos respeten tanto”. Al no existir rasero, toda acción, momento, persona puede aportar algo. No son tanto los otros quienes seducen, gozan, usan: es ella quien hace posible ese universo de posibilidades, realizaciones.

Desde las primeras incursiones infantiles auto eróticas, Inmaculada no califica o juzga. Calificar es adosar un punto de vista, una manera de pensar. Más importante que conceptuar es sentir, vivir, ser. Ella hace y se deja hacer. Mujeres y hombres por igual, porque al final se trata de la comunión, encuentro y éste es, dice la Real Academia Española: “Acto de coincidir en un punto dos o más cosas, a veces chocando una contra otra”. No se trata de qué se plantean, buscan o imaginan ellos, sino de la actitud personal con la que se acude a ese momento. Tal como lo plantea Roser Amills en su libro ¡Me gusta el sexo!: “Vive cada relación como si fuera la primera y la última, con toda sinceridad que puedas sobre ti y lo que anhelas, y quizá así lo vivirás plenamente”. Inmaculada es la libertad y la condición para que exista es, por tanto, la exención de cadenas de todo tipo: mentales, materiales.

Esta actitud de plenitud es la que cruza la narrativa erótica de Juan García Ponce. Sus descripciones pulcras, exactas, combinadas con el ejercicio reflexivo están ahí intactas, insuperables, a muchos años de ser escritas y a catorce de su fallecimiento.

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Fotografía: Ian Dooley