¿Un secreto inconfesable?: ¡Me gusta el reguetón!

MARIANA PACHECO ORTIZ

Todos tenemos un secreto inconfesable. Y es que ocultar una verdad tiene que ver con transgredir las normas, cualesquiera que estas sean, o con el hecho de herir la sensibilidad de alguien. Pero ¿cómo puedo afectar a otros o qué ley incumplo si admito que me gusta el reguetón?, ¿por qué avergonzarme y sentir culpa si experimento placer al escucharlo?

En la época de los noventa me tocó crecer con la música de Maná, Nek, Paulina Rubio, Mijares, Chayanne, Luis Miguel, Ricky Martin, en cuyos videoclips predominaban las playas y las historias novelescas. Para la década siguiente el pop fue desplazado por el reguetón, tras éxitos apabulllantes de Daddy Yankee como La gasolina y del dúo formado por Wisin y Yandel que colocaron Abusadora entre sus canciones más escuchadas.

Así, ha ido cambiando y popularizándose cada vez más, a grado tal que cantautores como Shakira, Carlos Vives, Enrique Iglesias, Marc Anthony tuvieron que desviar el rumbo y dar el salto para incursionar en el reguetón, con el fin de mantenerse como favoritos del público e incrementar ventas, con bastante suerte, por cierto.

Su ritmo se caracteriza por ser transversal, sin tomar en cuenta las letras, por inercia empezamos a movernos como si tuviéramos espasmos aunque estemos sentados, mínimo el cuello, tan sólo oír melodías como el Rakata, que igual lo bailo con mi abuelo, como el niño de seis años con su madre; e indudablemente ha hipnotizado a los adolescentes. El caso es que entre la selección de música para amenizar fiestas familiares y convivios de la empresa o escolares el reguetón no puede faltar.

Aunque lleva ya muchos años en el radar en los que ha ido sumando adeptos, particularmente este verano se nos fue de las manos: nadie ha conseguido escapar a la influencia del reguetón, luego de que Despacito, con la que Luis Fonsi repuntó su carrera, consiguiera mantenerse 16 semanas consecutivas en la cima del ranking Hot 100 de Billboard y fuera la primera canción en español número uno en los 50 globales de Spotify, además de batir otros récords.

¿Cómo consiguió el reguetón colarse hasta en el gusto de la gente más reacia a aceptarlo? Su omnipresencia podría ser la respuesta: en la casa, en la calle, en el coche y en la oficina (no, no es Vitacilina) ha sonado Despacito a todo lo que da. Apenas, el 14 de septiembre, Eduardo Ochoa y los Ahijados de Tijuana dieron a conocer una versión en mariachi.

Hasta a quienes negaban su agrado por el reguetón de pronto los sorprendías tarareando el estribillo de esta u otra melodía de manera inconsciente. Debo confesar que yo he escuchado esa canción, por elección propia, más veces de las que me atrevería a revelar. Pero, claro, actúo con circunspección, tampoco es para sentirme orgullosa.

Y ¿por qué esconder que disfruto el reguetón? Quizás tenga qué ver con el hecho de que se baila del mismo modo que se folla, pero con ropa. Sí, hace mucho que el reguetón incendió las pistas con bailes de cortejo sexual, caracterizados por movimientos vigorosos, acompasados, en que los cuerpos se frotan y que comúnmente se le llama “perreo”.

Por eso su gozo general suele llevar un velo de recato. Ese viejo prejuicio de considerar al cuerpo inferior al alma hace que una parte en nuestro interior lo considere vulgar, un gusto chabacano.

La diferencia en fechas recientes son las letras guarras, subidas de tono: Quiero desnudarte a besos despacito / Firmo en las paredes de tu laberinto Y hacer de tu cuerpo todo un manuscrito / Quiero ver cuánto amor a ti te cabe Déjame sobrepasar tus zonas de peligro Hasta provocar tus gritos Y que olvides tu apellido.

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El reguetón saca a la luz pública lo que puede pasar en un acto sexual consensuado, eso siempre escandaliza; pero justo en esa lascivia reside su boyante éxito: la forma abierta de expresar los deseos carnales. Los seres humanos estamos ávidos de júbilo, porque nuestro cuerpo es pa´darle alegría y cosa buena, aunque no seamos La Macarena.

Ya no te rehuses a reconocerlo: resulta divertido y placentero ese compás que te provoca bailar, moverte de modo ingobernable, menear a capricho las caderas, sucumbir a la liberalización corporal, soltarte, sin prejuicios.

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Te agrade o no este género originario de Puerto Rico, no puedes ignorarlo, menos censurarlo. Puristas del reggae, del hip-hop y el rap lo menosprecian, pues es una combinación de ellos. También se ha ganado una legión de detractores, porque en la mayoría de los temas prevalece una lírica basada en rimas repetitivas, facilonas, marcadamente machistas, o por lo menos de manera más explícita que otros géneros.

Tenemos que considerar la existencia de un tipo de reguetón contrario al preponderante: el feminista. Ahí están Ivy Queen, Glory, K-narias, Chocolate Remix, por mencionar algunas, que ponen a tu disposición esa cadencia musical que incita movimientos sensuales sin cosificar. Debemos darle más visibilidad a estas reguetoneras y otras del mismo corte.

Yo, que un día pensé: “Ese vecino que nunca saluda ya tiene castigo: su hijo escucha reguetón”. Hoy, tal vez alguien se refiera a mí de mismo modo, al escuchar los sonidos de reguetón que salen de la habitación del mío. No sé en qué momento ocurrió, pero un día cualquiera lo observé no sólo oyendo reguetón, sino mezclándolo. Entonces supe que lo habían colonizado y más grave de que me sintiera traicionada, fue que me contagiara. Bien dice mi abuelita: quien al cielo escupe, en la cara le cae.

Así que, sin tapujos ni falso pudor, si te gusta el reguetón, dale, sigue bailando mami no pare…