Manifiesto pro hamaca

Sabrina De La Torre. Instagram @sabriina_26

 MARIANA PACHECO ORTIZ 

A veces la vida va de elegir entre la hamaca o el caos. Ocurre en la edad adulta, casi siempre los viernes por la noche, resulta que es como si esa extraña red, que pende de sus dos extremos, poseyera una sobrenatural fuerza de atracción que me obliga a permanecer sobre ella.

Hay noches en las que basta recostarme para que adopte, con exactitud, la forma que mi cuerpo necesita para relajarse, y si a eso le añado el rítmico vaivén al mecerme, hasta tengo la sensación de que me pregunta cómo estuvo mi jornada laboral, mientras me acaricia la cabeza.

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Fotografía: Esmeralda Torres. Instagram: @esmeraldatorress

El ser humano desciende del primate y lo hace hacia la hamaca. Por lo menos yo, como buena yucateca, sí. Puedo decirlo sin tapujos. Y no me fío de la gente que, teniendo una, nunca se ha planteado dormir en su hamaca y no sólo por no recorrer el camino hacia la cama, sino por lo agradable y fresco que hace el descanso, sobre todo en los climas tropicales como el de la península. Incluso en noches frías, aunque debas incluir una manta.

En la hamaca pueden converger casi todos los pecados capitales, desde un ataque de gula en esa comodidad horizontal desafiando la postura de tu anatomía con el riesgo de atragantarte, pasando por la envidia e ira si otra persona te la ganó; soberbia si eres tú quien la goza, lujuria en forma de red que te provoca a lanzarte sobre ella o pereza sin restricciones si estás arrellanado en ella.

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Fotografía: Mademoiselle Voyage @mademoiselle_voyage

Es posible que en algún momento te invada un sentimiento de culpa por esa inclinación desmedida hacia la hamaca, al pensar que no aprovechas tu tiempo de manera productiva. Esta idea podría equipararse al FOMO (acrónimo de fear of missing out, temor a perderse algo), pues con el catálogo de fotografías y videos disponibles en las redes sociales te enteras de una gran cantidad de detalles de vidas ajenas, que te impulsa a exhibir la propia a los demás.

¡Calma!, no debes sentirte culpable por preferir una hamaca antes que “socializar” a través de las redes. Yo, ante la disyuntiva, siempre preferiré estar plácidamente disfrutando a mis anchas de una hamaca. O hacer justo de la hamaca mi sociabilidad, es decir, regodearme en ella y desde ahí acceder a mis redes sociales o hacer alguna llamada.

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Fotografía: Aura. Instagram: @auri0

Para mí, sería el equivalente al hygge danés, cuyo concepto se basa en buscar la felicidad en las pequeñas cosas. Pero como se trata de una cuestión muy personal, la manera de practicarlo varía en cada persona y la hamaca es la mía, pues es una forma de consentirme, olvidar las preocupaciones de la vida, pues puedo crearme un momento agradable, relajada, bebiendo café, una cerveza o una copa de vino, leyendo un libro o simplemente descansando.

Hacerte el tiempo y el espacio con un ambiente acogedor, reconfortante, íntimo para ser amable contigo mismo sin negarte nada, puede ser bueno para el alma.

Sin un día ruedan una película sobre mí, se titulará “la chica de la hamaca”.

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Fotografía: Lucy Gray. Instagram: @lucymehouas