Permanecer en WhatsApp y no morir en el intento

Yoann Boyer

MARIANA PACHECO ORTIZ

Es cierto que el uso de las nuevas tecnologías ha venido a simplificarnos la vida en varios sentidos, con particularidad en cuanto a poder mantener comunicación casi permanente con las personas que deseemos, únicamente limitados por la falta de señal que aún persiste en algunos sitios. Me refiero a los servicios de mensajería instantánea. En concreto, al popular WhatsApp.

Su mérito no fue salvar distancias físicas, porque eso ya lo hacían los costosos SMS, sino su contribución a la economía por la posibilidad de enviar muchos mensajes de texto y multimedia. Aunque al principio WhatsApp era gratuito, cuando pasó a ser de cobro tampoco dejó de ser conveniente por ser un módico pago anual para todo el abanico de posibilidades.

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Fotografía: Tiko Giorgadze

Pero esto que en principio parece una virtud, podría resultar un verdadero calvario, principalmente si estás en algún grupo de esta red social.

No, no estoy exagerando y con toda seguridad lo has comprobado en más de una ocasión. Por tanto, que hayan agregado la opción de silenciar notificaciones de grupos o un contacto específico ha sido una genialidad de WhatsApp.

Esta alternativa es bastante útil aplicarla, especialmente, con el grupo familiar para no volverse loco, porque el gran tema de conversación aquí es decirse que los tiraron de pequeños y por eso quedaron así, además de recordarse episodios ridículos de la niñez.

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Fotografía: Pan Xiaozhen

Cuando el jefe es excluido, el grupo de trabajo básicamente sirve de desahogo de las frustraciones laborales y para criticar a los compañeros que tampoco fueron agregados.

En los grupos de madres del colegio existen aquellas que trabajan, que prácticamente se limitan a leer, pero hay otras que están en el extremo opuesto y disponen de mucho tiempo libre para mandar postales, gifs, videos, chistes y demás mañana, tarde y noche, o responder de inmediato a quienes lo hacen.

Habrá que añadir las famosas “cadenas” que, aunque la mayoría sabemos que las maldiciones por no reenviarlas son tan falsas como lo que en ellas se difunde, siempre ocurre que alguien de nuestras amistades o familia no puede resistir la tentación de compartirlas de manera masiva.

En el caso de las “cadenas”, vale decir que se debe ser muy malvado para mandar un mensaje que amenaza con dejarte ciego, leproso, pobre o solo si no lo reenvías a tal número de contactos.

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Fotografía: Jake Thacker

Aunque estés en un grupo reducido, también llega el momento en que unos hablan de un tema, otros de otro y para cuando tú tienes tiempo de atender las notificaciones, debes decidir entre leer 290 mensajes o mandar un emoji al azar, esperando que sea el adecuado.

En alguna etapa como usuarios llegamos a volvemos tan adictos que, aunque tengamos el celular sobre la mesa, sentimos que vibra nuestro bolso o el bolsillo del pantalón.

Y en este punto de ser tan dependientes de la aplicación, pareciera que el planeta fue asolado por una epidemia de artritis en dedos y manos o lesiones en el túnel carpiano. Hubo quién llegó a pensar que era contagioso.

Sí, de tanto teclear el celular respondiendo a diestra y siniestra, nuestras manos empezaron a resentir los movimientos indiscriminados y ahí los que ganaron, además de las compañías telefónicas, fueron los médicos de esa especialidad.

Pero claro, si por algo se ha distinguido la tecnología es por facilitarnos cada vez más el acceso a ella, porque entonces agregaron la opción de mensajes audibles, con lo que se pueden alternar para que no se nos entumezcan las manos.

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Fotografía: Milada Vigerova

Pero, sin importar el grupo del cual se trate, siempre hay una constante: terminan hablando los de siempre, con diálogos que bien podrían tener de manera directa, pero prefieren hacerlo en grupo quizá porque imaginan que lo gritan en la esquina de su cuadra o en el patio de su casa, como una forma de captar la atención ajena: una extraña mezcla de exhibicionismo (ahora puedes poner “estado”) y gregarismo.

Aunque en esta época es casi improbable ser un marginado digital, hay personas que deciden evitar a toda costa estos chats.

En mi caso, cada vez que por alguna razón alguien amenaza con agregarme a un grupo de WhatsApp, asiento con una sonrisa fingida, más que resignada, maquinado las excusas de las que me valdré para salirme de puntitas, porque evasivas inverosímiles como: “Ya me desinstalé el WhatsApp”, “Me está fallando esa aplicación”, no funcionan.

La desesperación por estar en varios a la vez me hizo pensar que los grupos de WhatsApp son el último círculo de Dante. Y, si algo hay que reconocerle, es la consciencia que te da del rápido paso del tiempo cuando la aplicación te notifica que ya ha pasado un año desde que silenciaste a cierta persona o grupo.

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Fotografía: Petr Ovralov