Anna cumple ciento cuarenta años

 DAVID TOVILLA

En la primera jornada de la Feria Internacional de la Lectura del Estado de Yucatán 2017, Javier Aranda Luna fustigó la dinámica del mercado editorial que induce al lector hacia las novedades. Se promueven autores de moda, temas circunstanciales y literatura de diversión, light. Frente a ello hay bibliografía difícil de conseguir porque las ediciones se extinguieron hace años o décadas. Los libros son parte de un negocio y la rentabilidad llega a ser decisiva. Por eso, a veces la calidad queda prorrogada.

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Fotografía: Chris Lawton

Por eso no hay que inquietarse mucho si no se puede seguir el ritmo de la mesa de novedades que espera a la entrada principal de las librerías. En cambio, es meritorio voltear a ver a los clásicos que, en estos tiempos, pueden encontrarse en versiones digitales para quienes gustan de ello. Los enamorados del libro pueden encontrarlos a precios módicos en ediciones muy decorosas de pasta dura. O regresar a esos textos si ya se poseen. Octavio Paz expone en el volumen Excursiones/incursiones: «Desconfío de la gente que no relee. Y de los que leen muchos libros. Me parece una locura esta manía moderna, que sólo aumentará el número de los pedantes. Hay que leer bien y muchas veces unos cuantos libros.»

Es buen momento para acercarse a Anna Karenina de León Tolstoi. Publicada en 1877, cumple ciento cuarenta años. Hay que leer o releer la historia porque, el 22 de junio, en el Shanghai International Film Festival, se estrenó una más de sus adaptaciones cinematográficas. En esta ocasión, a manos del director ruso Karen Shakhnazarov. Se titula Anna Karenina Vronsky’s story. Y según expone el Internet Movie Database la diferencia con todas las anteriores es que toda la historia se narra a partir de la perspectiva masculina de la pareja amorosa: el conde Alekséi Vronski.

Tras casi centuria y media, hay cientos de ediciones asequibles con facilidad. Sin embargo, de ser posible hay que conseguir la realizada por la editorial Alba. Es una traducción de Víctor Gallego que recibió el Premio Internacional “Read Russia” 2012 a la mejor traducción al español de un clásico del siglo XIX. La versión hace la diferencia en la compresión del estilo y el sentido de una obra.

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Cada lectura de Anna Karenina deja algo más allá de la anécdota central planteada por Tolstoi. La lectura de los clásicos es importante porque genera diálogos y atiende a las particularidades de los sujetos sin importar su ubicación geográfica. Establecen una conexión humana. Eso es importante para lugares como Yucatán, en donde, al inicio del mes de julio, alcanzó 102  privaciones voluntarias de la vida en el año¹; 2016 lo cerró con 220 decesos de este tipo². ¿Y? El capítulo siete de la novela tiene la grandeza de plantearnos esos momentos de conflicto de los seres humanos. León Tolstoi no describe: nos muestra, hace que se encarne, a través de la lectura: la culpa, el coraje, la desesperanza que puede sentir un individuo en situación adversa. Leer a Anna Karenina puede servir para la auténtica comprensión de las personas que tratan con semejantes sin ánimo de vida; y, contribuir, con quienes están en esta situación a entender que se trata de una espiral de laceración anímica que debe detenerse de inmediato.

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En el momento cumbre de la novela, Tolstoi hace al lector vivir esa situación desde las perspectivas interna y externa. Baste leer un fragmento de esa exacerbación de la negatividad personal:

«¡Cómo me miraban! Les debí de parecer un ser extraño, curioso, incomprensible.  ¿De qué puede hablar ese hombre a aquel otro con tanto entusiasmo?», pensó mirando a dos hombres que pasaban. «¿Es que es posible contar a otro lo que se está sintiendo?» «Quería contar a Dolly todo lo sucedido, pero he hecho muy bien en no decirle nada. ¡Qué contenta se habría puesto con mi desgracia!  Lo habría ocultado, pero el principal sentimiento habría sido de alegría, porque yo estoy purgando ahora los placeres por los cuales me envidiaba. Kitty se habría alegrado más aún. ¡Qué bien la veo ahora! La veo como si fuera transparente. Sabe que me mostré amable con su marido, y tiene celos de mí y me odia. Además, me desprecia. A sus ojos, soy una mujer inmoral.  Si lo fuera habría intentado enamorar a su marido. Lo habría intentado», dijo. «¡Pero, si lo intenté! Y ese hombre, ¡qué satisfecho está de sí mismo!», pensó, mirando a un señor que iba en un coche en dirección opuesta a la suya, gordo, colorado, con aire bien visible de satisfacción. «Se habrá confundido», se dijo aún, viéndole que la saludaba quitándose su brillante chistera, y levantándola por encima de su también reluciente calva.  «El pobre hombre habrá pensado que me conocía. Tan poco como él me conocen otros muchos, incluso algunos que me tratan.  Ni yo misma me conozco.  No conozco sino mes appétits (mi apetito), como dicen los franceses.  Toma, al menos ésos saben bien lo que quieren», se dijo viendo a dos chiquillos que acababan de parar a un vendedor de helados. Éste bajó la heladora que traía sobre la cabeza y, enjugándose el rostro sudoroso con la punta de la servilleta, sacaba unas porciones sucias de su mercancía. «Todos queremos algo dulce, sabroso. Si no hay bombones, nos conformarnos con un mal helado.  También Kitty lo ha hecho así:  no ha podido tener a Vronsky, tiene a Levin. Aparte de esto me envidia; me envidia y me odia. Todos nos odiamos los unos a los otros.  Yo odio a Kitty y ella me odia a mí. Ésta es la verdad.» «Tiutkin–Coiffeur… (leyó en un rótulo). Peinada por Tiutkin. Cuando vuelva», pensó, «le haré reír con esta necedad», y sonrió. Pero en aquel instante recordó que no tenía a nadie a quien hacer reír, nadie con quien bromear. «Además no hay nada alegre ni ridículo», siguió pensando.  «Ahora tocan las campanas a vísperas. Y este comerciante está persignándose con tanto cuidado como si fuera a perder algo. ¿Para   qué   sirven   todas   estas   iglesias, estas campanadas, estas mentiras? Sólo para ocultar que todos nosotros nos odiamos los unos a los otros.»

Ese es el tono en que expone León Tolstoi esa perturbación ascendente en donde los ojos que miran parecen decir algo que no dicen. Esos instantes en que todo se convierte en prejuicio, animadversión, odio. Las pasiones y la capacidad de exponerlas, de conmover, deleitar y educar es lo que hace grandes e imperecederas obras como Anna Karenina. Hay que leerla y releerla.

¹Milenio Novedades. (2 de julio de 2017) Cinco suicidios en menos de 24 horas. Milenio Novedades. P. 16

²Fuente Martínez, L. (4 de enero de 2017) Cada 40 horas una persona se quitó la vida en Yucatán. Milenio Novedades. Recuperado de http://sipse.com/milenio/yucatan-cierre-2016-suicidios-depresion-principal-causa-237272.html

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