La música: de producto a servicio

ROBERTO CARRERAS

El primer disco compacto fue creado en junio 
de 1980. El sistema óptico fue desarrollado por Philips, mientras que la lectura y codificación digital corrió a cargo de Sony. Los creadores del CD, Philips y Sony, querían conseguir almacenar 60 minutos de audio con un diámetro de 11,5 centímetros. Pero el presidente de Sony, Norio Ohga, quiso extender la capacidad a 74 minutos para que cupiese entera y sin cortes la Novena de Beethoven en un solo disco. Con lo que su tamaño creció hasta los 12,7 centímetros actuales.

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Fotografía: Loredana Grunling

Este formato permitió que el sonido no perdiese calidad con el paso del tiempo. Asimismo, proporcionó una calidad de audición superior a la del vinilo. Los primeros discos compactos grabados fueron la Sinfonía alpina de Richard Strauss y los valses de Frédéric Chopin. Sin embargo, el primero en ser comercializado fue 52nd Street, de Billy Joel.

El 1 de octubre de 1982, Sony lanzó su primer lector de discos compactos. Lo bautizaron con
el nombre de CDP-101 en homenaje al sistema binario con el que funcionaba y se puso a la venta a un precio de 168 000 yenes, 1022 euros al cambio actual.

Tres años después, Dire Straits se convirtió en
el primer grupo capaz de vender un millón de copias de un álbum en formato CD, con Brothers in Arms. Tras cuatro años en el mercado, el CD se convirtió en el sistema de reproducción más comercializado.

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Fotografía: Álvaro Serrano

Hoy en día, un 75% de los consumidores acceden a la música de forma online. El invento más revolucionario para el consumo de audio se empezó a gestar en 1988, cuando se formó el Moving Picture Experts Group y se desarrolló un estándar para el audio y el vídeo digitales. El Instituto Fraunhofer, en Alemania, codificó por primera vez el formato MP3. Tom’s Diner, de Suzanne Vega, se convirtió en la primera canción comprimida en este formato. Este se convirtió en el estándar de audio de alta calidad gracias a la posibilidad de ajustar el grado de compresión, que podía llegar a ocupar 12 e incluso 15 veces menos que el archivo original sin comprimir.

Los procesos judiciales contra empresas como Napster, que utilizaba este tipo de archivos, se debieron a la facilidad con que se compartían los cheros. Napster fue un servicio de distribución online de archivos de música en formato MP3. Fue la primera gran red P2P de intercambio, creada por Sean Parker y Shawn Fanning. A mediados del año 2000, los accionistas de la empresa y los representantes de Universal y Sony organizaron una reunión para negociar. Las discográficas reclamaron un 90% de los beneficios, pero el acuerdo no prosperó.

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Fotografía: Keepsakes

Así nacieron plataformas para el intercambio de archivos online como eDonkey, Ares o Kazaa, llegando a plantear un acalorado debate sobre los derechos de autor y sus fronteras.

Por su parte, el gigante Apple se impuso en el mercado digital con iTunes y su primer iPod, comercializado en 2001 bajo el eslogan «1000 canciones en tu bolsillo». Para entonces, se habían multiplicado las redes P2P, habituando
a millones de personas a descargar música, y habían hecho su aparición los teléfonos móviles, que podían reproducir tonos y canciones.

Los cambios de hábitos de consumo, la extrema devaluación de la copia física y el tráfico no consentido de música grabada golpearon con dureza el seno de las empresas discográficas.

En la industria musical del siglo xxi la inversión descendió notablemente. Las empresas tradicionales siguieron apostando por los superventas, dejando poco margen a nuevas carreras emergentes. En consecuencia, el fenómeno de la autogestión surgió con fuerza.

Mientras tanto, los expertos afirman que la copia física tan solo sobrevivirá como objeto en el mercado del coleccionismo, donde se pronostica que el vinilo jugará un papel fundamental. El primer vinilo de la historia que se convirtió en superventas fue Vesti la giubba, un aria de ópera interpretada por Enrico Caruso en 1902.

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Fotografía: Nadine Shaabana

En 2005, Kim Schmitz lanza Megaupload, un imperio que en pocos años acumuló unas espectaculares cifras: 180 millones de usuarios en todo el mundo y 400 millones de páginas visitadas al mes. La Asociación Cinematográfica de Estados Unidos y la Asociación de la Industria Discográfica presionaron al Gobierno hasta que cerró la plataforma el 12 de enero de 2012.

Ese mismo año de 2005 la industria musical sufrió un importante cambio con la llegada de YouTube. Actualmente, el 45% de los contenidos que se consumen en YouTube son vídeos musicales. Si se suma el total de sus reproducciones, corresponderían a unos 400 años de música.

Sin embargo, fue en 2007 cuando Soundcloud rompió todos los esquemas. Esta plataforma permite distribuir audio y favorece la colaboración entre sus usuarios, que pueden promocionar y distribuir sus proyectos musicales. Una web fundamental para entender la distribución y promoción de artistas amateurs y la aplicación real del home studio en una plataforma web.

En este mismo año, Apple aprovechó las mejoras en reproducción de podcasts, imágenes, vídeo y demás funciones en el iPod para sacar al mercado el primer iPhone, lo que supuso la integración del smartphone en el mercado de venta e intercambio de canciones.

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Fotografía: Sabri Tuzcu

Entre 2008 y 2009 nacería uno de los mayores transgresores de la industria musical, Spotify. La plataforma ofrece la transferencia de archivos de audio a través de la combinación de un servidor basado en la difusión en flujo y en la transferencia de red de pares (P2P) en la que participan los usuarios.

En la actualidad, gracias a las plataformas en streaming y la difusión a través de las redes sociales, la nueva industria casera intenta sobrevivir ante el anquilosado modelo de la radiofórmula y la música de masas.

La industria musical necesita innovación

La evolución en la forma que tenemos de experimentar la música es una de las realidades cruciales que han marcado el cambio de comportamiento del usuario propiciado por Internet y, sobre todo, por la tecnología. A pesar de las noticias terribles sobre la mala situación de la industria musical, hay investigaciones que nos demuestran cada día que la música está más viva que nunca y que la realidad que vive actualmente dista, y mucho, de la que nos quieren hacer creer desde «la industria».

Sin embargo, es cierto que la crisis que viven las discográficas por el descenso de la venta del formato físico se plasma en algo muy triste: la falta de apuesta por nuevos talentos.

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Fotografía: Alex Holyoake

Esto se suma a otros factores coyunturales, como la crisis que vivimos o la de los conciertos en directo, y otros estructurales del sector, como el modelo de negocio, la falta de innovación, la poca apuesta tecnológica, etc., que inciden de manera crítica en una industria acostumbrada a vivir en la opulencia.

En este sentido os recomiendo leer «Un
artículo sobre la piratería que no va a gustar
a nadie» (http://www.lavanguardia.com/cultura/20120628/54318080002/un-articulo-sobre-la-pirateria-que-no-va-a-gustar-a-nadie.html), del que me gustaría subrayar algunas ideas:

Lo cierto es que la piratería afecta más a las formas de comercialización de contenidos que a la moral. Es decir, es un problema comercial y no ideológico. Internet ha supuesto un revulsivo serio para las industrias creativas, como se vio en la música, en la televisión y, más despacio, en los libros, obligando a una reconversión en el sector de contenidos. No solo ha evolucionado la tecnología, sino que esta ha sido capaz de cambiar los hábitos de los consumidores. Dado que es un problema comercial, las soluciones deberían plantearse con este enfoque por parte de la industria.

La piratería no puede ser un problema moral porque no hay consenso social para que así sea. Además, es inútil legislar mediante leyes que difícilmente pueden ser aplicables. Se descarga y se comparte música, libros y películas simplemente porque es posible hacerlo. […]

Otra cosa es que la industria ofrezca una resistencia al cambio, comprensible dentro del marco de la necesidad de reajustes en las cadenas de valor y la desaparición, en algunas ocasiones, de algunos intermediarios. Centrar la discusión de la industria en la piratería distrae de los verdaderos problemas a los que se enfrenta: la reconversión obligada por los nuevos modelos de consumo de contenidos.

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Fotografía: James Stamier

En otros países, en los que se apuesta por la reconversión hacia nuevos modelos de negocio, la distribución digital supera ya a la física, tal como sucede en Estados Unidos y Reino Unido. Y para dar la razón al dicho «cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar», basta el ejemplo del batacazo que sufrieron recientemente las tiendas físicas de distribución de música HMV en Inglaterra y Virgin en Francia.

El futuro, presente, de la industria musical: streaming

La música está experimentando una verdadera revolución desde la aparición de Internet. Una revolución que afecta al modelo de negocio convencional, a cómo los artistas se relacionan entre sí y producen sus canciones, al papel que el fan comienza a jugar pasando de ser sujeto pasivo a convertirse en parte del proceso creativo y, sobre todo, al modo de acceso a la popularidad. Podríamos resumirlo en tres ideas:

  • Cómo los artistas producen y colaboran entre ellos.
  • Cómo los públicos consumen y participan.
  • Cómo ha cambiado la relación entre el artista y sus fans (contacto, recomendaciones de música, etc.).

Internet y la tecnología han generado un entorno negativo para los viejos modelos de negocio, pero lleno de oportunidades para nuevas ideas, para nuevos actores y, sobre todo, para los artistas. Siempre que se adecúen al cambio de comportamiento del consumidor a la hora de escuchar música y sepan qué es lo que tienen que hacer para tener éxito.

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Fotografía: Kelly Sikkema

Ahora los artistas disponen de cientos de herramientas en la Red para crear a coste cero, los consumidores ya no se conforman con darle al play, quieren ser los protagonistas, y la frontera entre ambos tiende a difuminarse. Por ello, la música debe centrarse cada vez más en el fan, en el contenido y, sobre todo, en la personalización de la experiencia. La importancia radica en el fan, que decide lo que quiere consumir y cómo quiere hacerlo.

Después de una década de descenso, la industria de la música grabada está caminando hacia la recuperación y la revitalización. Por primera vez en trece años, IFPI reportaba que los ingresos de la música grabada apuntaban un incremento positivo de un 0,3% en 2012, gracias especialmente al crecimiento del sector digital de la música.

Los canales digitales se están convirtiendo en una importante fuente de ingresos en mercados clave como el noruego, el sueco, India y Estados Unidos. En Reino Unido los ingresos digitales superaron por primera vez a los físicos en 2012, sumándose a Estados Unidos, donde lo digital representó el 50,3% de los ingresos en 2011. La industria musical a nivel mundial caía en cifras aplastantes desde el año 2001.

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Fotografía: Pao Edu

Este crecimiento se ha debido principalmente a la continua innovación en modelos de negocio en los marketplaces de música y a la expansión de los servicios digitales relacionados con esta (creación, producción, consumo…) a lo largo de todo el mundo. Las plataformas líderes, como Spotify, iTunes o Dezeer, ya ofrecen sus servicios en más de 185 países, algo impensable al comienzo de la década, en la que estaban presentes en unos 20.

Hoy tenemos más de 500 servicios de música digital con licencias operando en todo el mundo y, lo que es más importante, ofreciendo más de 30 millones de canciones a los consumidores. Las plataformas digitales significan un verdadero cambio positivo para la industria clásica: pueden monetizar los mercados alrededor del mundo de manera mucho más eficiente.

Las plataformas de descarga continúan sumando la mayor parte de las ventas dentro de los ingresos digitales, alrededor del 70%; a pesar
de ello, el 40% del crecimiento se concentra en el consumo de música por streaming, lo que convierte los servicios de esta forma de consumo en el segmento de mayor crecimiento en la industria musical y en una importante fuente de ingresos digitales. Las tasas de suscripción a servicios de música por streaming comienzan a despegar lentamente, aunque en 2012 el número de suscriptores de pago creció a unos 20 millones en todo el mundo, un 44% si lo comparamos con el año anterior.

Después de más de dos décadas de inestabilidad, parece que el mercado musical por n comienza a recuperarse. Tras la gran alarma que supuso la llegada de Internet, las habladurías sobre la piratería y la caída de ventas del CD, por n en 2016 se han registrado beneficios gracias a las plataformas de streaming.

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Fotografía: Corey Blaz

A día de hoy, la inversión suele centrarse en
el ámbito digital, sin que ya tenga sentido resistirse a ello. Internet ofrece a millones de personas acceso ilimitado a música por un precio mensual cada vez más razonable, además de las suscripciones gratuitas que se sostienen a base de anuncios. A finales de 2015, los suscriptores de pago a servicios de streaming musical de todo el mundo alcanzaban la cifra de 68 millones. Según Bloomberg Technology, los ingresos por streaming en Estados Unidos ascendieron, en la primera mitad de 2016, a 1600 millones de dólares (un crecimiento del 57%).

Estas cifras demuestran que la industria parece haber encontrado su camino. La mayoría de las compañías discográficas, tanto grandes como pequeñas, están registrando beneficios en este ejercicio. Aun así, según un informe del RIAA, las plataformas de streaming todavía no están haciendo lo suficiente para la captación de más suscriptores, que son realmente quienes proporcionan estos beneficios.

Desde que Apple quiso empezar a recuperar todo el dinero que se perdía por las descargas ilegales mediante iTunes, ya han surgido numerosas alternativas. Sin duda, la reina es Spotify, que ni con el nuevo impulso de la anterior con Apple Music ha descendido en número de usuarios ni en suscripciones de pago, que ya alcanzan los
40 millones. La llegada de otros competidores
se traduce en nuevas vías de ingresos para
el negocio de la música online. Amazon está trabajando en una plataforma musical de la que ya se habla desde junio. También Pandora, la radio online más importante del mundo, está desarrollando un servicio de pago que aspira a haber convertido a un 10% de sus 18 millones de usuarios en premium para 2020.

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Fotografía: Drew Patrick Miller

Pero ¿son realmente Spotify y Apple Music los mayores servicios de streaming? Si hablamos
de número de suscriptores de pago, induda- blemente, pero en términos de usuarios no pode- mos olvidar al gran YouTube. Según el estudio Music Consumer Insight Report 2016 de Ipsos para IFPI, el 82% de los usuarios de YouTube utilizanla página para escuchar música. Teniendo en cuenta el volumen de visitas que recibe esta plataforma, eso se traduce en unos 820 millones de oyentes.

Sin duda todas estas novedades están haciendo resurgir una industria que permanecía temerosa desde hacía varios años. Con las suscripciones a servicios online, la media de gasto por persona
al año supera a la que se generaba a través de la venta de soportes físicos. Mientras estos mercados están creciendo, las ventas de música tanto en formato físico como en descargas tienden a la baja, con un -14% durante la primera mitad de 2016.

Todo esto se traduce en el esfuerzo de la industria por buscar nuevas vías de financiación adaptadas al tiempo que vivimos. Cada vez
hay más trabajo detrás de las plataformas para conectar con el usuario, generar contenidos de calidad y personalizados, ofrecer servicios diferenciales… ¿Hacia dónde vamos? David Kirkpatrick (Techonomy) habla de una tendencia hacia lo afectivo y lo social. Tal vez la respuesta esté en la combinación efectiva de las redes sociales con el mundo de la música, una nueva funcionalidad en la creación de networks.

El sistema de suscripción ofrece a la industria unos ingresos continuos frente a la estacionalidad que caracteriza la venta de canciones o discos a la carta. Exceptuando modelos como Rhapsody
o Spotify, el sistema de suscripción nunca había desarrollado ningún tipo de ingresos similares a los que tienen otros modelos a la carta.

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Fotografía: Hannu Pekka Peurane

En Suecia, lugar de origen de Pirate Bay y Spotify y donde los servicios legales de streaming son ampliamente utilizados, se ha detectado un impacto positivo en las cifras totales de venta de música, así como una caída notable de la piratería. Esto demuestra la importancia de que la industria de la música cree modelos de negocio en consonancia con el cambio de comporta- miento de la gente a la hora de consumir música, en lugar de centrar sus esfuerzos en leyes de copyright.

A pesar de esto, los servicios de consumo de música por streaming continúan soportando pesadas cargas para poder funcionar como negocios sostenibles y rentables. El cambio de paradigma de estos negocios freemium vendría por una reducción de las tasas que pagan por el contenido a la industria tradicional, que oscilan entre el 50-60% estimado que paga Pandora hasta un 70% según Spotify. Ello, unido a otros costes, deja poco margen para la rentabilidad.

Probablemente el mayor de los desarrollos experimentados por la industria discográfica en la transición de la distribución y consumo físicos a digital haya sido el incremento en popularidad de los smartphones, las tabletas y las tiendas de aplicaciones (iOS de Apple y Android de Google, a mucha distancia del primero). Con la compra de terminales smartphone y tabletas los consumidores no solo adquieren nuevas plataformas de consumo de música, sino también nuevos dispositivos capaces de realizar transacciones. Así, es posible completar desde un dispositivo portátil todo el ciclo de experiencia: buscar, descubrir
y adquirir, consumir y compartir. Para las compañías de música (o cualquier otra empresa de contenidos), así como para los desarrolladores, estos modernos dispositivos de consumo crean nuevas oportunidades y nuevos caminos para distribuir y monetizar la música.

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Fotografía: Katie Montgomery

El valor de la música en un entorno digital: del gratis a la mejora de experiencias

Uno de los debates fundamentales hoy en día en la industria musical es el valor de la música en la era digital. El concepto de valor era tradicional- mente percibido como la medida del bene cio que un actor económico puede obtener por el cambio de un objeto o servicio. Desde una perspectiva meramente económica, el valor de
la música ha caído en picado: precio de CD vs. modelos de suscripción por streaming y, sobre todo, por la facilidad de acceso a la música a coste cero desde múltiples canales, muchos de ellos legales como la radio tradicional, YouTube, Deezer, Spotify, y algunos ilegales como torrents, redes P2P o plataformas de intercambio de archivos.

El valor percibido es de nido como el resultado de la comparación por parte del consumidor de los beneficios percibidos y los sacrificios realizados («A Conceptual Model of Service Quality and Its Implications for Future Research», Zeithaml, 1988; «Customer satisfaction with services: putting perceived value into the equa- tion», McDougall y Levesque, 2000).

Existe una relación directa entre el valor percibido por el consumidor y lo que está dispuesto a pagar por ello. Por tanto, para la música se convierte en un eje fundamental el valorar cuánto está dispuesto a pagar el cliente.

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Fotografía: Dan Stark

Cada consumidor, especialmente en el caso de la música que se dirige a todo tipo de clientes, tiene unas necesidades y unas actitudes propias frente a ese consumo y a cómo valora el producto o servicio que la música le ofrece. Sin duda, la música está dejando de ser un producto para convertirse en un servicio.

Hay factores clave que desde la industria musical se han relegado a la hora de centrarse en un producto concreto (CD) olvidando otros elementos que, por el impacto de Internet, comienzan a valorar los consumidores de música: experiencia de consumo, cercanía con el artista, contenidos exclusivos, rapidez de consumo, consumo multiplataforma, precio reducido, experiencias de la música en vivo, etc.

El producto ya no solo se define por su precio, sino por todos los beneficios que ofrece al cliente que lo consume. La música, al contrario que otros productos o servicios, forma parte
de nuestras vidas y mejora la calidad de las mismas; por tanto, para la música comienza a ser estratégico trabajar pensando en aquellos comportamientos de los consumidores a los que se dirige.

En este nuevo entorno de nido por la tecnología en el que los fans demandan cercanía con sus artistas debemos avanzar hacia una construcción de marca y de experiencia en torno al artista como hasta ahora nunca se había trabajado.
El objetivo no es otro que hacer que el cliente perciba el valor del trabajo de aquel artista al que siga. Fidelizar a su público es clave para los artistas del presente.

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Fotografía: Baher Khairy

Un reciente estudio de Nielsen demuestra que los portales que permiten el acceso a la música de manera gratuita son los más utilizados para descubrir esta: el 48% descubre música a través de la radio, mientras que el 64% de los millennials emplea YouTube para escuchar música con preferencia a cualquier otra fuente.

Desde una perspectiva amplia y teniendo en cuenta otros factores que van más allá del meramente económico, en el consumo de música digital influyen el tiempo, la atención, los datos personales y la participación social en las experiencias relacionadas con la música. Los consumidores de música escuchan e interactúan con ella mucho más que nunca.

Considerando estos factores, el debate no debe centrarse necesariamente en si los consumidores no valoran la música en la sociedad de hoy día, porque hay muchos otros tipos de «moneda» en las transacciones de los consumidores a la hora de obtener valor de los productos y servicios de la música. Como en todas las grandes industrias, el valor percibido ya no es solamente una garantía de ingresos. La cuestión para los players de la industria musical es preguntarse a sí mismos cómo incrementar la disposición a pagar por su oferta, porque cuando las ofertas gratuitas son percibidas con el mismo valor que las de pago, la disposición a pagar se reduce notablemente.

Un reciente estudio de Nielsen demuestra como la disposición a pagar se incrementa notablemente cuando se dispone de una cantidad de productos y servicios que completan la experiencia en torno a la música. Los fans quieren más, ya no se conforman con darle al play, y esto es una necesidad no cubierta. Existe un deseo latente de conectar en un nivel diferente del que tienen hoy en día.

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Fotografía: Jaclyn Clark

El nuevo consumidor de música demanda una nueva forma de consumir porque valora ese consumo de una manera distinta. Y los hechos lo demuestran. Es revelador el caso de Suecia, un país donde el streaming es una fuente de ingresos para su industria musical mayor que las descargas y la venta de CDs, es decir, un país donde la música se ha convertido en un servicio en lugar de un producto. Es más, el streaming supone en Suecia un 91% de los ingresos digita- les, mientras en el resto del mundo es solo un 13%. De hecho, en 2012, primer año de repunte en la industria musical desde 1999, el crecimiento en Suecia fue del 13,8%, frente al 0,2% del resto del mundo.

Luchar contra el cambio de comportamiento de la gente a la hora de consumir música no pasa, en ningún caso, por llamar pirata al cliente, sino por construir estratégicamente el valor que ellos perciben de la música que consumen. En esto, la tecnología le lleva años luz a la industria musical y esta tiene mucho que aprender de aquella al trabajar por y para la gente que consume su música y generar experiencias únicas a la hora de sentirse parte fundamental dentro de la nueva manera que tenemos de descubrir, acceder, consumir y compartir la música que nos gusta.

De la música como producto a la música como servicio

Está claro que la música está dejando de ser
un producto para convertirse en un servicio. Antes era imposible comprar una canción que te gustase sin tener que adquirir todo el álbum o poder escuchar a un pequeño músico local y poco conocido si no vivías en el país o formabas parte del círculo del mismo. Gracias a la tecnología, y especialmente a Internet, escuchamos más música que nunca y los autores tienen más fácil hacer llegar sus contenidos, sin intermediarios, a un público deseoso de consumir nuevas experiencias.

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Fotografía: Gabriel Barletta

El acceso a la música reemplaza cada día
mucho más a la propiedad de la misma: los consumidores tendrán acceso a su música en cualquier momento, en cualquier lugar y, sobre todo, desde cualquier dispositivo. La distribución de música solo en soporte físico va camino de convertirse en un hándicap o en un elemento más para coleccionistas.

Hace un tiempo descubrí a George Yúdice y su libro Nuevas tecnologías, música y experiencia, sin duda uno de los mejores que he leído a la hora de comprender el impacto que ha causado la tecnología en el comportamiento de la gente respecto a su consumo de música:

Una de las consecuencias de las innovaciones tecnológicas es la creciente ubicuidad de la música: pocos son los espacios donde no está presente. Hoy, más que nunca, la música nos acompaña en todo momento y conforma nuestras experiencias. MP3, iPod, teléfonos móviles… son dispositivos protéticos que proyectan y contornan el espacio personal del sujeto, permitiéndole llevar su propia «banda sonora» y haciendo del sujeto que los porta un nuevo tipo de âneur, que no solo mira las mercancías en los escaparates de la ciudad, sino que lleva su propio repertorio sonoro consigo (servicios como Spotify).
El que los usuarios de iPod habiten una especie de universo propio consigo mismos y su «banda sonora» no quiere decir que no formen parte de redes de socialización vinculadas a la música.

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Fotografía: Egor Khomiakov

Para Yúdice, las mismas tecnologías que posibilitan este tipo de experiencia privada hacen posibles nuevas formas de interactividad, de fortalecer los lazos de afiliación y sociabilidad, que conforman un nuevo tipo de experiencia colectiva.

Fenómenos como YouTube son las muestras más visibles de esa dimensión social en un momento, el actual, en el que se produce, consume, comenta y comparte más música que nunca.

Las nuevas tecnologías han cambiado la manera en que la música incide en la organización social y de la experiencia; desde los blogs hasta los chats pasando por los portales y los sitios de socialización, esos nuevos espacios de «música paralela» son lugares de encuentro que conectan y crean redes de individuos. Se sitúan además fuera del ámbito de las majors, lo que augura un cambio radical del modelo de negocio.

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Fotografía: Neonbrand

Hoy en día, las claves del consumo de música en digital han cambiado para siempre:

  • Acceso vs. pertenencia: «De la música como producto a la música como servicio».
  • Captura vs. colección: no queremos recopilarlo todo, sino descubrir, y acceder, a nuevas canciones de manera sencilla
en el momento en que las escuchamos, como prueba el éxito de aplicaciones como Shazam. La clave está en poder disfrutar de la máquina de discos in nita gracias al crecimiento de modelos de suscripción y servicios de Cloud Computing.
  • Consolidación del negocio digital y del streaming.
  • Sharing: además de la facilidad de acceder a la música, la gente quiere poder compartirla con sus amigos para potenciar la sociabilidad que nos dan los servicios de redes sociales. Así lo demuestran cifras como que más del 60% de los vídeos que se consumen en YouTube se descubren a través de recomendaciones de contactos en diferentes plataformas de servicios de redes sociales.
  • Cambio en el acceso a la popularidad
con servicios como YouTube (¿os suenan
los #youtubers?) que han propiciado que jóvenes artistas como Pablo Alborán o Justin Bieber, entre otros muchos, se conviertan en grandes estrellas.

La cultura de la re-creación y su importancia en la música

Hemos dejado a un lado la época en que la creatividad era consumida, pero el consumidor no era percibido como un creador, una cultura controlada de arriba abajo. A pesar de ello, nunca en la historia del hombre la cultura había estado tan profesionalizada ni nunca antes tan concentrada en grandes industrias, Gobiernos y monopolios a nivel internacional que persiguen a las personas mediante legislaciones restrictivas y leyes antipiratería. Un usuario ávido de consumir y re-crear, ávido de aportar su creatividad.

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Fotografía: Mattieu A

Sin embargo, nunca en la historia de la humanidad se había vivido una época en la que la gente participase en la creación y la re-creación de la cultura como la que vivimos en la actualidad, gracias a Internet y a las facilidades de la tecnología para potenciar la colaboración entre personas y la accesibilidad a innumerables contenidos culturales. Como señala Larry
Lessig, profesor de la Universidad de Stanford y fundador de Creative Commons, «una cultura en la que las personas producen por el amor a lo que están haciendo y no por el dinero». Ello está facilitando el surgimiento de nuevos fenómenos como la cultura del remix y el crowdsourcing, que tienen un alto impacto tanto en la cultura, tal y como sucede en la música, como en el mundo empresarial. Lessig subraya la importancia de «la cultura que los jóvenes están produciendo todo el tiempo; tomando las canciones actuales y los temas antiguos y re mezclándolos para convertirlos en algo diferente. Es la forma en la que ellos entienden el acceso a la cultura».

Según una entrevista a Vito Campanelli en la revista Ñ:

Los individuos se ven obligados a pensar en términos de post-producción y remezcla, para poder hacer frente a la sobrecarga de información digital con la que se encuentran todos los días. Si la cultura siempre ha evolucionado a través de la variación, selección y repetición, habitamos la cul- tura remix por excelencia, sobre todo si se tiene en cuenta la simplicidad y la velocidad de las rutinas computarizadas del cut & paste (cortar y pegar), lo intuitivo del Photoshop o el After E ects. Como sostiene Lev Manovich: el software moderno dio vida a un escenario en el que las operaciones de selección, construcción, edición y publicación de datos se facilitaron a tal punto que se puede prever una etapa de «remezcla total» en la que todo puede mezclarse con todo el resto.

Asistimos al impacto de la creación colectiva con fenómenos como el NetArt y ejemplos como Jodi o el colectivo Santo le. Otro ejemplo es
lo que sucede con Anime Music Video. Según Wikipedia, un anime music video (comúnmente abreviado AMV) es un vídeo musical que consiste en varias escenas de una o más series o películas de anime ambientadas para una canción en particular. En su mayoría son vídeos de música que no han sido lanzados o socialmente por los músicos, sino que son composiciones creadas por fans, tomando escenas de las series y sincronizándolas con la canción. La mayoría de los AMV son distribuidos a través de Internet. Muchas convenciones de anime realizan frecuentemente concursos o exhibiciones de AMV. Este tipo de manifestaciones artísticas digitales está pasando de ser marginal a convertirse en habitual.

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Fotografía: The Nigmatic

A lo largo de todo el mundo vemos cada día más muestras de la importancia de la apertura
y la colaboración entre las personas. Internet ha significado un nuevo paradigma en la manera en que nos unimos para colaborar, crear y re-crear, ya sea entre nosotros, usuarios, o a través de iniciativas de artistas que abren sus creaciones a la participación de otros, empresas que deciden apostar por las ideas de sus clientes o Gobiernos que colaboran de forma real con el pueblo. El espíritu de compartir y las iniciativas reales en línea están cobrando cada vez una mayor relevancia y dando resultados realmente positivos.

El potencial de Internet como herramienta de colaboración está impulsando una nueva era en el desarrollo, el crecimiento y la productividad de las personas. Una nueva era en la que la colaboración está modificando las reglas de juego entre las empresas, las instituciones, los Gobiernos, los artistas, los músicos y la gente. En este terreno surgen iniciativas que están impactando sobre- manera en la forma de crear y consumir música. De hecho, ocho de los diez vídeos más vistos en YouTube tienen relación con la música y muchos de ellos han nacido de creaciones de usuarios desconocidos que remezclan, cortan y pegan, crean y co-crean nuevos productos basándose
en los materiales existentes y creados por los artistas. La cultura del remix tiene un peso cada vez mayor en la industria musical, como siempre ha ocurrido entre los músicos, pero por primera vez está abierta a la creación y la creatividad de la gente y de los usuarios de la Red.

Como señala Alejandro Piscitelli, «el contenido no solo ha de basarse en la originalidad, también en la transformación de lo existente. En la idea del remix: tomo, mezclo y subo, contenidos que, por otro lado, también pueden tener un alto grado de innovación y talento». Recordando a Manuel Castells: «mucho de lo que nos sorprende de Internet deriva de las cuatro culturas que ayudaron a su creación: la tecnocientífica, que da transparencia a Internet; la hacker, que se funda en el valor de la creatividad, la generosidad de sus miembros y el respeto a los pioneros; los emprendedores, y las comunidades virtuales, que son las encargadas de dar voz a cualquier persona, sean cuales sean sus intereses. Estos elementos dan a Internet una transparencia que choca con las estructuras básicas de la sociedad y que deben adaptarse a esta nueva realidad como, por ejemplo, la propiedad intelectual (remix y free culture)».

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Fotografía: Teresa Kluge

En todo del mundo miles de personas están creando cosas nuevas a partir de lo que ya existe. Para favorecer esta cultura del remix surgen iniciativas interesantes a lo largo de todo el planeta. Una de las de mayor éxito, sin duda, son las licencias Creative Commons, que apoyan a los creadores en la difusión de sus trabajos cediendo algunos derechos a quienes los consumen y les permiten defender, al mismo tiempo, una cultura libre dentro de las amenazas del copyright abusivo. Por tanto, crece la demanda de licencias alternativas que se presten a la cultura del remix, como la ya citada Creative Commons o Colaboratorio Platoniq, una organización donde interactúan profesionales de la cultura y desarrolladores de software.

*Texto incluido en el Anuario AC/E 2017 de cultura digital.