Iconografía y culto a la representación: terrorismo y comunicación

Emergency services at Manchester Arena after reports of an explosion at the venue during an Ariana Grande gig. PRESS ASSOCIATION Photo. Picture date: Tuesday May 23, 2017. See PA story POLICE Explosion. Photo credit should read: Peter Byrne/PA Wire

LUIS VERES

El ataque terrorista perpetrado al final de un concierto de Ariana Grande, en Manchester, ha incrementado la indignación mundial por el perfil del público objetivo de la infamia. 

El tema del terrorismo está de nuevo en los medios de comunicación. Por ellopresentamos la ponencia del Dr. Luis Veres, Profesor Titular de Comunicación Audiovisual de la Universidad de Valencia, España.

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Fotografía: Pascal Müller

Con frecuencia se habla de una especie de simbiosis entre los medios de comunicación y el terrorismo. Mientras que los medios obtienen la información que desean y el espectáculo mediático que exige la audiencia, los terroristas se aprovechan del eco que tanto ansían. Por ese motivo uno de los factores claves en este tipo de informaciones es la cuestión iconográfica que incluye tanto fotografías en prensa como las imágenes retransmitidas en televisión. Este trabajo trata de reflexionar sobre algunos ejemplos que incluyen imágenes de miembros de grupos terroristas como ETA o Hamas.

Una de las constantes que aparecen en los estudios sobre terrorismo es la necesidad de que el resultado de sus acciones aparezca como el centro de atención de los medios de comunicación. Desde Pisacane, el héroe del Risorgimento, y su “propaganda con los hechos”, a toda la historia del terrorismo anarquista, la simbiosis entre el terrorismo y los medios se ha mantenido como una circunstancia permanente (Veres, 2004a). Los terroristas exigen necesariamente esta propaganda para que sus fines se vean cumplidos al completo. Esa es la diferencia entre cualquier tipo de delincuencia y el terrorismo contemporáneo: el requerimiento de un hecho comunicativo y la repercusión de sus consecuencias. Ningún ladrón llama después de atracar una joyería al dueño del comercio para decirle que él ha sido el autor del delito, pero en el hecho terrorista siempre existe esa exaltación de la autoría del crimen por parte del propio terrorista. El terrorismo exige el reconocimiento de su autoría. Sánchez Ferlosio apuntaba que las muertes provocadas por los terroristas son “muertes firmadas”, ya que el terrorista ha exigido desde el principio que esa muerte lleve su nombre (1982: 79).

En este proceso los reparos éticos y la difícil delimitación del papel de los medios complican bastante el juicio de los hechos según los cuales ni los medios pueden permanecer ajenos a la noticia ni tampoco pueden hacer de voceros de los crímenes terroristas. Los crímenes terroristas requieren de un altavoz propagandístico, ya que, si sus líderes acudieran a métodos más civilizados para darse a conocer –una campaña de propaganda mediante anuncios o entrevistas pactadas- seguramente la indiferencia sería el resultado obtenido. Al Qaeda no consiguió el mayor seguimiento mediático de la Historia con buenas palabras y campañas publicitarias edulcoradas, sino mediante el genocidio televisivo más rápido de nuestra memoria. Los hechos no violentos son despreciados muchas veces por los medios. En España todavía se puede recordar el ejemplo de que las huelgas pacíficas de estudiantes suelen ser ignoradas, pero cuando un punk con muletas se pone a romper farolas, los medios retransmiten inmediatamente el conflicto. Lo mismo sucede con las huelgas de la siderurgia, las más violentas y las que mayor cobertura por parte de los medios suelen recibir. De ahí que se pueda deducir la necesidad de recurrir a la violencia para garantizar la visibilidad de todo conflicto social (Gil Calvo, 2003: 246). Por ello, los terroristas son conscientes de que, con la violencia, las posibilidades de adquirir alguna resonancia son mucho mayores.

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Fotografía: Daniil Kuzelev

Las ansias de exhibición propias del fenómeno terrorista han facilitado que se compare el terrorismo con el teatro. El terrorismo está pensado para llamar la atención y dirigirla hacia un grupo identificable con unos motivos determinados. El delito así se convierte en una exigencia, en una amenaza, en un mensaje encubierto y en un espectáculo. Todo muy parecido al teatro, porque el terrorismo es un teatro con mensaje. Este carácter teatral del terrorismo no es casual. Los terroristas son tremendamente conscientes de la significación de sus acciones. Las Brigadas Rojas no secuestraron y asesinaron al político democristiano Aldo Moro por casualidad en los años 70, sino que su crimen respondía a una estrategia simbólica, pues Aldo Moro, a ojos de los terroristas, había sido el supremo controlador del poder en Italia. Su asesinato no tenía otra función que la de hacer reaccionar a la izquierda italiana respecto a la situación política de su país. Por tanto, su asesinato fue muy selectivo. Del mismo modo, el grupo terrorista más sangriento de la historia de Europa, ETA, siempre ha elegido concienzudamente sus asesinatos más renombrados: desde Melitón Manzanas o Carrero Blanco hasta Miguel Ángel Blanco o Ernest Lluch. Todos fueron seleccionados buscando la repercusión de los medios y el impacto en la opinión pública de acuerdo con su significación política. De la misma manera han actuado Al-Qaeda y otros grupos, aunque se trate de atentados indiscriminados como los del 11-S o el del Hipercor de Barcelona: las Torres Gemelas o la empresa propietaria de Hipercor suponen significaciones variadas, pero que tienen en común el simbolismo de un poder contra el que lucha todo terrorismo. Es curioso que los propios terroristas son conscientes del impacto mediático que deben tener sus crímenes. Hay que tener en cuenta que en muchos grupos sus responsables no son personas ignorantes, criminales marginados, sino personas con estudios superiores, algunos incluso especializados en publicidad, incluso conocedores del estructuralismo y la semiótica:

“… en algunas teorizaciones etarras (…) ETA se pregunta una y otra vez por el significado de sus acciones amadas, discute incluso si la unidad semántica mínima de la lucha armada es la palabra (cada una de las acciones) o la frase (una campaña coordinada de acciones con unidad de intención) especula sobre el papel del entorno y el contexto en la decodificación de sus actos por el pueblo, y patentiza (…) la angustia provocada por la inevitable equivocidad y profunda monstruosidad de todo significante sangriento.” (Aranzadi, 1985: 230)

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Fotografía: Joshua K. Jackson

La semiosis terrorista tiene el objeto hacer pensar a otras personas de semejantes características “mañana te puede ocurrir aquí” (Alonso-Fernández, 2002: 32). El terrorismo logra de esta manera cristalizar el miedo a lo ajeno, un conjuro ritual emparentado con la lógica del tabú, con lo imaginario, pero también con la realidad, con los asesinatos, los muertos y los secuestros. El miedo está presente en todos los hombres, porque sólo los humanos son conscientes de que pueden morir. Como señala Delpierre, “el espíritu humano fabrica permanentemente miedo.”(1974: 15) Este miedo se ha incentivado con el desarrollo de la civilización, desarrollo del que no son ajenos los mass media: paradójicamente, conforme han aumentado y fortalecido las técnicas de controlar la realidad, mayor ha sido el desconocimiento sobre las consecuencias de esas técnicas, lo que Ulrich Beck ha llamado “el desconocimiento de la futura tasa de riesgos”, situación que suscita incertidumbre y, por tanto, miedo (2002). Delumeau (2002) señala que la angustia es el temor a lo desconocido y el miedo es el odio a un objeto concreto que se identifica con el mal social. Así, el espíritu humano fabrica el miedo para vencer la angustia.

El terrorismo sabe que causa miedo, y el miedo siempre es noticia, puesto que la información aparenta calmar ese miedo y, por tanto, el conocimiento del porvenir debería crear una vía de escape para toda situación angustiosa. Pero se da la paradoja de que la información proporcionada por los medios muchas veces no despeja las dudas y, en consecuencia, no elimina el miedo, sino que lo potencia. Como señala Gil Calvo, “así es como los medios se convierten sin querer en bomberos pirómanos, pues la publicidad del riesgo percibido contribuye a magnificarlo” (2003: 160).

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Fotografía: Dev Benjamin

Los grupos terroristas, como se puede observar son conscientes de que el terrorismo en sí mismo es una noticia de carácter político que se distancia muy mucho de cualquier otro delito. Dicha diferencia radica en sus vinculaciones políticas. Como señalaba Roland Barthes, al hablar del asesinato, “si es político, es una información, si no lo es, es un suceso” (1964: 188), porque el asesinato político necesita un campo de definición y de reflexión mucho más amplio que el del simple crimen. Una nueva esfera de significación, por tanto, aúna nuevos sentidos al significado primario del crimen en sí, esfera formada por el contexto social e histórico, por la situación del conflicto y sus protagonistas, por sus antecedentes y sus consecuencias. Todo ello está ausente en el asesinato del delincuente ordinario, porque el terrorismo supone una entidad mucho más compleja, un conglomerado humano cuyas pretensiones consisten en distanciar al ciudadano del ritmo y la marcha del Estado, en alejar al hombre de cualquier lógica y de cualquier meta que sea ajena al propio grupo terrorista.

Para conseguir estos objetivos, el terrorismo desarrollará una sistemática sucesión de actos criminales que implican la destrucción de personas y bienes según una estrategia pensada con antelación. Esos actos criminales se constituyen en el medio que viene justificado por la gloria y grandeza del fin. Dentro de la lógica terrorista, su propia lógica de la guerra se hace realidad el dictamen de Clausewitz: “El propósito político es el objetivo, mientras que la guerra es el medio, y el medio no puede ser nunca considerado separadamente del objetivo.” (Clausewitz, 1972: 58). Con esta estrategia no sólo se consigue la derrota física de la víctima, sino la creación de un clima de inseguridad y miedo que puede poner de relieve la ineficacia o impotencia del Estado para luchar con el grupo en cuestión (Setien, 1993: 10) y que puede facilitar o no la consecución de sus pretensiones: cesión de un territorio, liberación de presos, reivindicaciones nacionalistas o religiosas, etc. Frederick J. Hacker, prestigioso psiquiatra y especialista en terrorismo, señaló que lo que quieren los terroristas es impresionar: “Ellos actúan con y para el público y solicitan su participación” (Hacker, 1976: XI) Y cuando mayor sea posible ese público, mejor serán propagadas sus exigencias y mejor será conocido su problema. Ya en Jerusalén, durante la ocupación romana, los zelotes perpetraban actos públicos de violencia con la finalidad de que el crimen contra una víctima actuara como un argumento persuasivo con un mensaje encubierto hacia las autoridades de Roma (Rapoport, 1984: 668-672).

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Fotografía: Mark Kamalov

No es casual que el país por el que sienten mayor atracción los terroristas de los últimos cuarenta años sea el que posee un mayor desarrollo de los medios de comunicación. Durante el secuestro del avión de la TWA en 1985, los secuestradores comunicaron que no les interesaba ningún periodista que no fuera norteamericano ni que trabajara para una cadena de televisión (Laqueur, 1987: 72).

Esta estrategia de terror, basada en la imagen, que supone un chantaje al poder de los gobiernos tuvo su pleno desarrollo a partir de la conformación del estado de Israel en 1947. La táctica de presionar al Estado mediante golpes violentos de efecto cuya finalidad era ganarse la atención de la opinión pública de todo el mundo, fue puesta en práctica por Menagen Begin y su movimiento de insurrección de cuyas pretensiones no eran otras que la creación del actual estado de Israel: la Irgun. El plan de la Irgun no era derrotar militarmente a su enemigo, Inglaterra, ya que resultaba imposible, sino minar su prestigio internacional y su dominio sobre Palestina: “La historia y nuestra propia observación nos convencieron de que si conseguíamos destruir el prestigio del gobierno en la tierra de Israel, a continuación se produciría el fin de su dominio. A partir de ese momento, no dimos paz a este punto débil” (Menahem Begin, 1977: 52). Carlos Marighela en su Manual de la guerrilla urbana defendería la misma estrategia. La Irgun atentó contra el hotel King David y asesinó a dos sargentos británicos como respuesta a la ejecución de tres terroristas del grupo. Para la opinión pública británica el problema israelí no era hasta entonces más que un conflicto lejano que formaba parte de la sobreinformación cotidiana, pero las fotografías de los dos sargentos mostraban sus cuerpos ahorcados con las camisas ensangrentadas. Las fotografías aparecieron en todos los diarios británicos y la ejecución fue calificada de “barbaridad medieval”. La conclusión a la que llegó la opinión pública británica tras la contemplación de las fotografías era que la presencia de su ejército en Palestina no tenía sentido y que el conflicto carecía de una solución. En septiembre de ese año Arthur Creech-Jones anunció la retirada de su gobierno de territorio palestino y el 15 de mayo de 1948 se proclamaba oficialmente el Estado de Israel.

La sublevación de Irgun sirvió de modelo a otras luchas anticolonialistas y la estrategia de llamar la atención de los medios a través de la violencia fue seguida en otros territorios como Chipre o Argelia (Hoffman, 1990: 69-81). Así, en Chipre, George Grivas, fundador de la EOKA, Organización Nacional Chipriota de Resistencia, señalaba que “nuestra intención era que los ojos del mundo se posaran sobre Chipre y obligaran a Gran Bretaña a cumplir sus promesas.” (Hoffman, 1990: 81) La intención de atraer a cualquier precio la atención de los medios informativos también era reconocida por Ramdane Abane, uno de los dirigentes del FLN argelino, antes de su asesinato a manos de sus compañeros en 1957: “¿Acaso es mejor para nuestra causa matar a diez enemigos en el cauce seco de un río de Telergma, un acontecimiento del que no hablará nadie, que un solo hombre en Argel, del que se hablará al día siguiente en toda la prensa americana?”(Hoffman, 1990: 89)

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Fotografía: Michael Mroczek

Esta actitud, que dio un vuelco en el desarrollo y estrategias del terrorismo, se vio ayudada por los avances tecnológicos de la época que suponían un gran adelanto en la grabación y transmisión de imágenes, con lo cual las noticias y los acontecimientos podían ser difundidos con mayor rapidez a mucha más gente y en muchos más países. El terrorismo no tardó mucho en darse cuenta de que ésta era la mejor vía de escape para sus actuaciones. De ese modo, entre 1968 y 1970, los grupos palestinos fueron responsables de 331 incidentes, los movimientos anticastristas, de 171, y los grupos irlandés y turco, de 115 cada uno (Hoffman, 1990: 98). El desarrollo del terrorismo como salida a las reivindicaciones políticas, nacionales o religiosas de determinadas minorías exaltadas se intensificó notablemente.

No obstante, el acontecimiento que llevó finalmente al terrorismo internacional a fijar su atención en la atracción que podían suscitar en los medios de comunicación fue el atentado en los Juegos Olímpicos de Munich. Este suceso dio comienzo en la madrugada del 5 de septiembre de 1972. Poco antes de las cinco de la mañana ocho encapuchados pertenecientes a una facción de la OLP denominada Septiembre Negro (OSN) entraron en los dormitorios de los atletas olímpicos de la delegación de Israel. Fueron asesinados dos de ellos y se tomaron como rehenes otros nueve. La policía rodeó el lugar. Las exigencias de los terroristas consistían en la liberación de doscientos treinta y seis presos palestinos en cárceles israelíes y, además la liberación de cinco presos alemanes entre los que se encontraban los renombrados Andreas Baader y Ulrike Meinhof, fundadores del grupo terrorista alemán Fracción del ejército Rojo. También exigían ser trasladados a cualquier país árabe, excepto a Jordania o Líbano. Después de una intensa negociación de quince horas, se acordó que los terroristas, junto a sus rehenes, serían trasladados en dos helicópteros a la base alemana de Fürstenfeldbruck. De allí un avión los conduciría a El Cairo, en donde se pretendía realizar el intercambio de presos y rehenes. Desde la capital egipcia, los terroristas podrían desplazarse adonde quisieran. A las 10.35 de la noche, al llegar a la base militar alemana, dos terroristas se aproximaron al avión elegido por la policía. Se produjo un tiroteo en el que fueron abatidos tres terroristas. Sus compañeros, en medio de la confusión, viéndose traicionados por la policía, comenzaron a matar rehenes. Después llegó el silencio y una larga espera. A la 1.30 de la madrugada, el resto de terroristas se rindió y fueron detenidos. Habían matado a todos los rehenes y a un policía alemán (Hoffman, 1990: 101-105).

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Fotografía: María Carrasco

Aparentemente, los terroristas habían fracasado, pero ya se sabe que tras la apariencia muchas veces se sitúa la verdad. Y en Munich no sucedió otra cosa, porque Septiembre Negro consiguió durante muchas horas llenar las parrillas televisivas con una audiencia muy superior al resto de noticias emitidas en ese espacio de tiempo: cuatro mil periodistas de prensa y radio y dos mil reporteros de televisión que se habían desplazado a Munich para cubrir el acontecimiento olímpico, no informaron sobre los juegos, sino sobre las operaciones de Septiembre Negro. Se calcula que la cuarta parte de la población mundial se enteró del acontecimiento. Según Abu Iyad, confidente de Arafat y cofundador de la organización al-Fatah, los terroristas “no consiguieron la liberación de sus camaradas encarcelados en Israel, tal como era su intención, pero sí que cumplieron los otros dos propósitos de la operación: obligaron a la opinión internacional a pensar sobre el drama palestino, e impusieron la presencia del pueblo de Palestina en un acontecimiento internacional que había pretendido su exclusión” (Hoffman, 1990: 105). A partir de Munich nadie ignoraba ya el problema palestino. Pero, además el atentado de Munich consiguió enaltecer las esperanzas de grupos minoritarios tentados por la vía terrorista como solución o medio de propaganda para su causa: según la cronología del Terrorismo Internacional RAND-St. Andrews University el número de organizaciones terroristas de ámbito internacional pasó de once, en 1968, a 54, diez años después. El ejemplo de Munich había servido para dar alas a aquellos que buscaban publicidad fuera de su país. La tecnología y los medios han conseguido exportar por la aldea global los conflictos:

“De no existir los medios de masas, muchos conflictos civiles se mantendrían limitados localmente y quizá podrían resolverse por medios políticos sin recurrir a la violencia. Pero desde el momento en que existe la posibilidad de utilizar la capacidad informativa de los medios, aparece también la oportunidad de mejorar las propias oportunidades de éxito despertando el interés del público externo. Sin embargo, la única forma de conseguirlo es provocando algún acontecimiento espectacular con interés informativo suficiente para merecer la atención de la opinión pública. Por lo tanto, en tales condiciones resulta difícil resistir la tentación, y más pronto o más tarde se acaba por recurrir a la violencia, convirtiendo el conflicto local en un sangriento espectáculo audiovisual.” (Gil Calvo, 2003: 247-248)

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Fotografía: Nizhny Novgorod

El caso español también es ilustrativo. En España el 29 de octubre de 1988 ETA liberó al industrial Emiliano Revilla después de 249 días de cautiverio y tras cobrar cerca de 1200 millones de pesetas como rescate. La información periodística originada a partir del secuestro de Revilla supuso para ETA una propaganda que si hubiese sido pagada hubiera costado más de 15000 millones de pesetas. Como ha señalado José María Calleja, periodista amenazado por la banda criminal, “el terrorismo es como una gigantesca maquinaria publicitaria, ya que para los criminales un atentado es igual a un anuncio” (Gabriel, 2003: 124). Y lo mismo sucedió durante toda la jornada del 11 de marzo de 2004, cuando la totalidad de los medios de comunicación, de manera ininterrumpida inundaron la parrilla de la programación con las informaciones del atentado de Atocha. El terrorismo había conseguido en principio imponer la programación de ese día y, en los días siguientes. Para algunos incluso conseguiría darle un vuelco inesperado a las elecciones, al darse un resultado que iba en contra de todos los sondeos de los días anteriores al atentado de Madrid.

Como ha señalado Rapoport, la publicidad también es perniciosa para los grupos terroristas (Rapoport, 1996: VIII), ya que puede servir para movilizar a la población en su contra, para facilitar detenciones y para lograr informaciones útiles a la policía. Si nos sirve el ejemplo español, muchas detenciones de terroristas de ETA y GRAPO hubiesen sido imposibles sin la colaboración ciudadana. Tampoco se hubiesen producido las movilizaciones ciudadanas en contra del asesinato de Miguel Ángel Blanco o el secuestro de Ortega Lara en el año 1998. El desmérito de ETA desde la muerte de Franco hasta la actualidad, propiciado en parte por su anacronismo, su ignominioso historial y su sed injustificada de barbarie, tiene mucho que ver con la actitud comprometida de algunos medios que han conseguido eliminar la romántica y pequeña aura de luchadores contra la dictadura de que durante más tiempo del debido injustamente se les concedió.

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Fotografía: Zach Savinar

En pocas ocasiones la realidad nos ofrece algún ejemplo de que el terrorismo rehuya de la publicidad gratuita. Creo que dicha circunstancia sólo se ha dado en Italia con el grupo Autonomía Obrera en los años sesenta. Esta banda armada escogía sus víctimas, no entre personalidades de renombre, directivos, políticos, militares, empresarios, etc., sino entre cargos intermedios del mundo empresarial: capataces, directores de personal, etc. La razón era fácil de intuir. Autonomía Obrera rehuía de la publicidad para no evidenciar su estrategia contra el Estado y contra los que ellos consideraban sus principales enemigos, es decir, las empresas (Turrado, 1984: 21).

Pero lo cierto es que la mayoría de los grupos terroristas han utilizado como plataforma propagandística para sus crímenes a los medios de comunicación. El ejemplo más corriente es el de los secuestros. Normalmente, en el transcurso de un secuestro, los terroristas exigen la muestra pública de sus acciones en televisión y prensa, como medio de propaganda (Gruenewald, 1984: 70). Ese es el sentido del propio secuestro, en caso contrario la víctima puede sufrir algún daño o, lo que es peor, ser asesinada. La solución a esa propaganda gratuita que ofrecen los medios de comunicación parece sencilla, pues sólo la supresión de estos mismos medios por parte de una comunidad democrática permitiría arrebatar esa arma a los distintos grupos terroristas, pero en esa situación sin duda alguna la sociedad dejaría de ser libre y dejaría de ser democrática. Este problema tuvo ya bastantes planteamientos en Italia (Barbiellini, 1984: 60) durante los años setenta con la lacra del grupo terrorista de extrema izquierda Brigadas Rojas y el secuestro y posterior asesinato del político democristiano Aldo Moro.

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Fotografía: Felix Mooneeram

En realidad, lo que sí parece evidente es que el terrorismo guarda una estrecha relación con los medios de comunicación y el peligro de esa estrecha relación, que medios de comunicación y terrorismo mantienen, es la certeza de que ese vínculo supone una especie de “simbiosis” (Wieviorka, 1991: 75), ya que, si bien los terroristas encuentran en los medios el eco deseado para propagar su denominación o su propio mensaje, los terroristas proporcionan, a su vez, el espectáculo que los periodistas necesitan para satisfacer a la audiencia. Wilkinson ha señalado que “cuanto más horribles los crímenes de los terroristas, mayores serán los titulares” (Aguilar, 1982: 152). Esta dependencia ha conducido a algunos teóricos a afirmar que, si no existiesen los medios de comunicación, no existiría el terrorismo, ya que “si no hubiera medios masivos, no se producirían esos actos destinados a ser noticia” (Eco, 1986: 150). Marshall McLuhan (1978) es mucho más tajante cuando afirma que “sin comunicación no habría terrorismo”, lo cual les lleva a pensar que el terrorismo es algo consustancial al mundo moderno (Dufour, 1986: 35-37). Y algo de verdad hay en estas afirmaciones cuando uno se para a pensar en el hecho de que el 11 de septiembre existió para que pudiera ser visto por televisión. La crudeza de los hechos toda vía nos horrorizan y nos fascinan, pues la violencia también atrae. Nunca los terroristas de Al Qaeda habrían perpetrado semejante crimen para que pudiera ser visto únicamente en los alrededores de Manhattan, sino que su repercusión venía dada por su aparición en los medios.

En la batalla de la comunicación el miedo y la imagen son las dos armas con que los terroristas y el estado atacado irrumpen en la iconosfera contemporánea. Los estados, especialmente Estados Unidos, utilizan la representación del terrorista como argumento que sanciona su maldad y respondería a lo que Noam Chomsky, basándose en Walter Lippmann, denomina “fabricación del consentimiento” y que otorgan cierta seguridad a la población alienada (Gil-Calvo, 2003:156-157). Pero también esta utilización del icono terrorista ha sido ejercida por partidos políticos, víctimas, fundaciones y universidades. El personaje de Bin Laden reúne las características que posibilitan su conversión en un mito: tiene el fin de calmar a la sociedad después del desastre del 11-S y, además facilita la cohesión de los ciudadanos ante el enemigo (AAVV, 2004: 40). Las fotos de Bin Laden probando armas, disparando en el desierto, protagonista de vídeos de amenaza a Occidente con un fusil entre las manos responde a esta intención de pasar por el demonio de Occidente. Como señaló Durkheim (1993), a través del mito la sociedad hace obligatorias las normas imponiendo un modo de ser fundamentado en la autoridad de los ancestros. El terrorismo real, de ese modo, puede responder a ese efecto, buscado por algunos gobiernos, que produce el miedo en todos nosotros.

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Fotografía: Neven Krcmarek

Pero existen otros ejemplos en los que la intencionalidad puede ser más visible. Toda fotografía manifiesta un punto de vista. El responsable de una foto decide en su encuadre lo que entra y lo que se queda fuera de campo. La fotografía es el resultado de decisiones conscientes o inconscientes que finalmente se materializan en la forma. Así los elementos que aparecen en primer término se convierten en protagonistas, mientras que otros quedan como fondo de esa escena y se silencian o se minimizan. El posicionamiento de las figuras sobre los fondos y de los elementos intermedios condicionan notablemente el punto de vista de la imagen tal y como puso de relieve la teoría de la Gestalt (López, 1990). La fotografía puede endulzar la imagen de un terrorista o puede criminalizarlo en esta exhibición pública dependiendo de lo que tomemos como figura de esa escena. Este procedimiento es muy frecuente en medios que simpatizan con la causa defendida por los terroristas. Es frecuente la aparición de fotos de presos en manifestaciones que pretenden cuestionar su paso por las cárceles y las condenas a las que les somete el Estado de Derecho tras un juicio justo. Se trata de una situación vista en Irlanda y en el País Vasco y cuya función es reivindicar la figura del terrorista como si fuera un luchador por la libertad, como una víctima similar a los desaparecidos de Argentina, Chile o Perú. En el caso español lo han puesto en práctica periódicos como Egin o Gara. Egin el 3 de junio de 1993 publicaba un elogioso artículo sobre Txavi Etxevarrieta, uno de los dirigentes históricos de ETA en el aniversario de su muerte y colocaba una foto en la que el dirigente etarra aparecía con gesto de buen chico y apariencia amable. Ese mismo periódico publicaba el 26 de junio de ese mismo mes una foto de lo que calificaba la entrega a la policía de un “refugiado”, Alfonso Angulo que, según el medio, “estaba confinado” en la ciudad francesa de Cohors. Mientras una fotografía muestra su ascensión al avión acompañado de la policía francesa, otra fotografía superpuesta en un extremo muestra su retrato inocente extraído seguramente de una foto familiar o de algún documento de identidad. El 7 de junio de 1993 se publica la noticia de “Caluroso homenaje a Casabonne en San Sebastián” en donde se muestra al homenajeado, miembro de ETA, pasar entre banderas, vítores y aplausos tras cumplir seis años de prisión por motivos que la noticia no explica, pero que fueron pertenencia a banda armada. Egin marcó un estilo icónico que consistía en glorificar a delincuentes condenados por la Justicia, algo que ya había sido característico en la prensa y literatura anarquista de principios de siglo. Su sucesor, Gara, mantuvo la misma línea: el 19 de junio de 2003 Gara publica en portada una fotografía del miembro de ETA Ángel Alcalde en un acto laudatorio con el pie de página “cuatro exiliados más, recibidos en casa”. Este tipo de imágenes se mezclan tanto en Egin como en Gara con imágenes nunca con ánimo de censura del movimiento Okupa o de distintos colectivos de insumisos que se suman a ese frente común de protesta política y armada. También se celebran con fecundidad las excarcelaciones de presos de ETA, noticias que se suelen plagar de un léxico laudatorio referido al protagonista de la noticia y que recibe ese mismo tratamiento en el cuerpo de la noticia. La excarcelación de Gil Ostoaga es celebrada con su foto mientras baja del vehículo al regresar a su pueblo natal. Hay que recordar que Gil ostoaga acabó suicidándose: unos defienden la versión de que no soportó la presión mediática de su polémica excarcelación; otros apuntan a que no soportó la presión de la propia banda que le consideraba un negociador.

Junto a estas imágenes habría que tener en cuenta cómo aparecen retratadas las Fuerzas de Seguridad del Estado, con fotografías de acusados del GAL en el banquillo, siempre en contextos de opresión social sobre el pueblo, o metaforizados mediante un burro en el retrato de una escena sobre la detención de un coche sospechoso.

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Un tratamiento diferente, muy presente en la prensa nacional es la de mostrar al terrorista como un delincuente. El periódico El Mundo muestra el 24 de octubre de 2002 la foto del etarra Gil Ostaga mientras es conducido esposado por la policía a dependencias de la Audiencia Nacional. El 3 de julio de 2003, el mismo periódico publica en un artículo sobre el testimonio de una víctima el retrato fotográfico de Juan Carlos Iglesias Chouzas, alias Gadafi, mientras recorre el aeropuerto de Barajas tras ser extraditado por el gobierno español. Gadafi aparece esposado y en los márgenes de la foto se adivina la presencia policial. Lo mismo sucede en ABC el 16 de mayo de 2004 cuando se muestra a un miliciano iraquí con un misil entre las manos, de pequeño tamaño, que parece capturado a los soldados norteamericanos. La apariencia hostil del miliciano es aumentada por la angulación de la fotografía que engrandece el tamaño del artefacto explosivo. Lo mismo sucede en el caso de milicianos, o terroristas, de Hamas. Como se puede observar, la representación icónica del terrorismo bascula entre dos polos dependiendo de que el tratamiento informativo sea proclive a la causa terrorista o se posicione críticamente en contra de él. Resulta evidente que la aparición de estos retratos se escapa a toda la maquinaria mediática de terrorismos locales como el de ETA y queda fuera de su control cuando los terroristas intentan dominar toda la batalla mediática como una parte más de su estrategia de lucha: desde el lenguaje usado a la hora matutina de todos los atentados con el fin de dominar la parrilla informativa (Veres, 2003). Esta dicotomía, obviamente, plantea un debate ético acerca del papel del informador y de aquel grupo de profesionales que seleccionan las imágenes al igual que seleccionan las noticias. La bandera de la libertad de expresión, de la libertad de información, de la honestidad profesional y moral queda en suspenso bajo el peso de un interrogante acerca de la vida y la justicia que la historia deberá juzgar algún día. Walter Benjamin imaginaba un ángel del progreso que, al girar la mirada, sólo veía muerte y destrucción. Reyes Mate identifica esa mirada con la mirada del olvido, porque si el olvido es injusticia, la memoria es justicia (Mate, 2008).

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