Juan García Ponce en el MACAY

DAVID TOVILLA

I

El viajero llega a Chile. Muchos le hablan del poeta. Le dicen que, en el recorrido por ese país, debe incluirse a Isla Negra, lugar en que esa gloria nacional vivió. Irse sin visitar la casa de Pablo Neruda es como no haber llegado. Objetos, colecciones, detalles que guardan la recia personalidad del nobel y contribuyen a perpetuar la leyenda.

II

El trotamundos llega a Comitán, Chiapas. En el centro de la plaza central se encuentra la escultura de un rostro femenino estilizado. Es Rosario Castellanos. Más allá de la figura en bronce, es admirable la popularidad del personaje entre pequeños y adultos. Rosario, Chayito, suelen decir los comitecos con sentido de apropiación. El Centro Cultural más importante lleva su nombre. Allá se construye su Casa Museo.

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III

El caminante llega a Mérida, ciudad natal de Juan García Ponce. Es escaso encontrar algo que pueda conectarlo con uno de los más importantes intelectuales mexicanos. Ni en las librerías están al alcance sus Obras completas. Quizá ofrecen uno de seis volúmenes. Su nombradía es acotada, segmentada.

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IV

Durante mayo y junio de 2017, esa aridez cambia. En el centro de Mérida, en el Museo Fernando García Ponce-MACAY, a escasos pasos de la Plaza Grande, se exhibe El placer de la mirada de Juan García Ponce. Evocación completa. Testimonio de su activismo.  Evidencia que venció al tiempo y sus circunstancias. Demostración de que la libertad creativa es una actitud.

V

El visitante ingresa a la sala once, en la planta superior. Frente a sí está el altar de la creación de Juan García Ponce. La mesa, con perfección arreglada, que sus lectores conocen por la lente de Gabriela Bautista y las solapas de sus libros en la editorial Joaquín Mortiz. Acompañada, siempre, por obras de arte a su alrededor. Las piedras como pisapapeles. Los libros de lectura en turno o preferencia, en orden. Mecanos escritos con observaciones.

Sólo falta su cuerpo porque su esencia está íntegra en ese pequeño espacio, adherida a cada pieza con meticulosidad acomodada, como García Ponce se ocupa en consignar en el prólogo a sus obras reunidas: “En la pintura Lucas Cranach se vale de las historias griegas para crear algunos de sus cuadros más memorables. Ahí está Artemisa bañándose acompañada por sus ninfas, quien convirtió en ciervo a Acteón, el cazador obeso con la idea de ver a la diosa y que pagó esa audaz fechoría cuando sus propios perros lo mataron, o la seductora figura de Venus con Eros, que son los temas de dos cuadros que poseo en reproducciones colocadas sobre mis escritorios, una en mi estudio y otra en mi cuarto y que miro continuamente”.

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La máquina de escribir es la presencia más vigorosa. No por ser una reliquia en el actual desuso, sino porque sobre ella, a fuerza de sucesivos golpes, se consignó el universo asociado con esos inolvidables personajes que habitan en los libros de García Ponce: María Inés, Paloma, Constancia, Inmaculada.

Esas teclas tejieron el perfil de mujeres certeras, plenas, categóricas. Desde ese artefacto portátil se construyeron esas fascinantes féminas quienes dicen, hacen, disponen. Son distantes de las vacilaciones, las dudas, la ilusión. No hay espacio para las trampas, los artilugios. Las distingue la capacidad, la voluntad, la determinación.

A través de ese frío metal gris, Juan ilustró con sagacidad prototipos femeninos dueños de sí, quienes al entregarse definen qué, cuándo, dónde, por qué. Tienen claridad, sentido y dominio de todos sus actos. En suma, entregan cuerpo y corazón, pero no su libertad. Todas ellas, delineadas con las letras de esta añeja Olivetti. Primero, escritas por él mismo; después, a través de su asistente María Luisa. Sin duda, elemento central de este merecido santuario garciaponciano.

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VII

El muchacho de trece años responde con una afirmación a la pregunta ¿logra esta síntesis darte una idea total de quién es Juan García Ponce? En efecto, la línea de tiempo confeccionada por Addy Cauich Pasos y Ángel Gutiérrez Romero, recupera lo sustancial. En breves minutos, con alusiones concretas y fotografías certeras, se ilustran setenta y un años de una vida intensa, productiva, propositiva, concluida en 2003.

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VIII

Arriba, la pared da cuenta de los autores cuyas letras universales dialogaron con él. Abajo, la vitrina muestra las primeras ediciones de sus libros. Esos que ojalá estuvieran en más manos y recorrieran sus líneas numerosos ojos…

“Estar en posesión de un secreto nos compromete siempre en cierta medida y nos obliga a compartir lo que tenga de bueno o de malo, el júbilo o el dolor que encierra”, en La noche.

“La vida es maravillosa por el simple lugar común de que jamás podemos suponer lo que va a ofrecernos y luego es posible evocarla. Mientras menos importancia parece tener un suceso en el momento en el que ocurre mayor sentido adquiere en la memoria”, en De ánima.

“Nadie tiene lo que se merece sino lo que la vida le regala, pero a través de sus regalos la vida se llena de sentido al tiempo que demuestra su pura incoherencia”, en Crónica de la intervención.

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IX

Cartas, facsímiles. Una gran reproducción fotográfica de su biblioteca para poder leer los nombres de los libros acomodados. La muestra no desciende en calidad y contenido. Su final, en la sala once bis, presenta materiales audiovisuales relacionados con obra y escritor. Como el cuento “Tajimara”, del libro La noche, que junto con “Un alma pura”, de Carlos Fuentes, integran la película Los bienamados, de 1965.

Bajo la dirección de Juan José Gurrola es un excelente documento de época al incluir en la fiesta como convidados al propio Juan García Ponce, Carlos Monsiváis, Juan Vicente Melo, Manuel Felguérez. El filme está disponible en Yotube. La inclusión de esta faceta, con un pequeño auditorio en donde los asistentes pueden permanecer para conocer este trabajo, proporciona gran solidez a la exposición El placer de la mirada de Juan García Ponce.

X

La muestra es trimestral, podrá disfrutarse lo que resta de mayo y junio. Aunque algo como esto debiera existir de manera permanente. Juan García Ponce, el mejor escritor de literatura erótica que ha tenido este país lo merece.

davidtovilla@gmail.com

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Fotografía: Priscila Rodríguez